viernes, 18 de abril de 2008

Antecedentes Prehispánicos

Antecedentes Prehispánicos

Si nos remontamos a nuestra historia precolombina, sin duda nos daremos fácilmente cuenta de que, en este periodo, se aprecia que diversos pueblos tuvieron verdaderamente un fuerte militarismo, atendiendo a que por esta vía la de las armas lograban la hegemonía.


Entre ellos mismos, cabe sólo destacar la existencia de algunos que guerrearon a fin de poder conquistar, someter o subsistir, como fueron los chichimecas, los olmecas, los mayas y los zapotecas, entre otros; pero únicamente ubicaremos nuestro estudio en los aztecas, sin menosprecio de las demás organizaciones de su tiempo, atendiendo a que este pueblo alcanzó una avanzada y verdadera organización castrense que le permitió dominar por mucho tiempo el espacio territorial que constituye la hoy República Mexicana, antes de la llegada de los españoles..


Los aztecas eran una tribu de la raza nahoa, que llegaron al valle de México en verdaderas condiciones deplorables; provenían del Aztlán, de donde tomaron su nombre y previo el peregrinaje que les hizo pasar por diversos lugares, tales como Michoacán, Toluca y Malinalco, llega­ron a una pequeña isla en el lago de Chalco, cerca de Cuihuacán, que era el lugar donde residía un pueblo fuerte que trató de someterlos, por lo que el rey de los cullmas, maliciosamente, los mandó a un lugar inhóspito, llamado Tizapán, atendiendo a que éste estaba plagado de diversas clases de alimañas ante las cuales pensaron los cuihuacaneises que perecerían los aztecas.


Debido a las pésimas condiciones del lugar y cuando pasado al­gún tiempo, se percataron de que sus visitantes se habían comido a los bichos venenosos de ese sitio, encontrándose muy contentos, motivo por el cual en forma incondicional y sin violencia alguna se sometieron a los aztecas los pobladores de Cuihuacán.


Así se estableció este poderoso pueblo en lo que seria la Gran Tenochtitlán, siendo su fundador un jefe sacerdotal llamado "Tenoch", robuste­ciendo su poderío mediante una triple alianza que hicieron con los tepanecas y texcocanos, a fin de poder dominar a otros pueblos con los que constantemente tenían guerras: no obstante la alianza mencionada, los az­tecas tenían prevalencia en la misma.


Vicente Riva Palacio[1] dice: "...que en el reparto tocaba doble porción al rey de México que al de Texcoco..."; este mismo autor realza la prevalencia del pueblo azteca en mate­ria militar y agrega: "Al señor de México habían dado la obediencia los señores de Texcoco y Tacuba en las cosas de guerra..".


De lo anterior, se desprende que la supremacía de los aztecas se fincó en su militarismo y la guerra era la actividad más prevaleciente, ya que me­diante las conquistas sobre otros pueblos, se hacían llegar bienes y rique­zas por los tributos constantes de aquellos sometidos al vasallaje: sin em­bargo, dicha actividad castrense estaba vinculada a la religiosa, ya que Huitzílopochtli o Mexitli era el dios de la guerra, que cuando los mexica­nos entraban en combate, lo invocaban; dice Francisco Javier Clavijero[2] "Cuando determinaban los mexicanos hacer la guerra, imploraban la pro­tección de aquella divinidad con oraciones y sacrificios. Era el dios a que se sacrificaba mayor número de vidas humanas".


Pero no era el único dios que se invocaba en materia bélica, tenían también a Tlacahuepami-Cuexcotzin, considerado dios de la guerra y her­mano menor de Huitzílopochtli, aunque Texcoco era el lugar en donde más era venerado: también estaba como deidad Panailton, que era invo­cado en casos de guerras inesperadas o rápidas, en donde los sacerdotes coman por las calles invocándolo y llamando a gritos a los militares, quienes deberían tomar las armas inmediatamente; a este dios se le sacri­ficaban animales.


Dentro de la sociología de la época, la clase militar era la que gozaba de mayores prebendas, junto con la sacerdotal y para ser soldado, o bien mediaba una dinastía, o se formaban en la escuela militar llamada el Telpuchcalli; en el primer caso. dice Clavijero[3] a propósito de los jóve­nes: "Cuando llegaban a cierta edad, les ensenaban el manejo de las ar­mas; y si los padres eran militares, los conducían consigo a la guerra, a fin de que se instruyesen en el arte militar, se acostumbrasen a los peligros y les perdiesen el miedo". En el segundo caso, afirma George C. Vaillant[4]


Los soldados eran los hombres capacitados de la comunidad.
El Telpuchealli o casa de los jóvenes, por la que pasaban los muchachos a la edad de quince años para recibir instrucción formal acerca de los deberes varoniles, los adiestraba en el manejo de varias armas.


No existían ejercicios milita­res, entendiendo por esto los movimientos precisos de las tropas modernas, pero las grandes ceremonias mensuales requerían demostraciones militares, en las que los guerreros ponían de manifiesto sus habilidades y ejecutaban si­mulacros.
En el combate cada recluta seguía, a un guerrero experimentado. de manera muy semejante a como un escudero medieval servía de paje a un caballero armado.


En Francia, durante la época de Felipe El Hernioso, a este tipo de personaje de la guerra que acompañaba a los soldados profesionales se le llamaba "bachiller".


Esta escuela formaba hombres de tipo medio y las tareas que realizaba eran públicas y modestas; sin embargo, algún egresado de la misma, por sus hazañas de valor en la guerra, podía alcanzar altos grados militares.

El centro de educación militar estaba mandado por el Telpochtlato, o sea el instructor de mancebos, quienes eran adiestrados en el manejo de las ar­mas; respecto a los alumnos de este centro, Daniel Gutiérrez Santos dice[5]

Estaban sujetos a una férrea disciplina que los convertía en verdaderos combatientes; además, estaban condenados, a terribles castigos si se em­briagaban. o se les encontraba con una mujer y hasta la simple negligencia se penaba, variando los castigos desde quemarles los cabellos con teas de ocote hasta la muerte.


La educación militar en el Techpolcalli, podría sintetizase así: El Telpochtlato, enseñaba a los alumnos el manejo de las armas para lo cual golpeaban a manera de esgrima con sus macanas sobre unos postes hincados en tierra.


Para entrenarse en el uso del arco y la flecha, con mucha frecuencia organizaban cacerías.


Otro centro educativo lo fue el Calmécac que estaba destinado a los hijos de los altos dignatarios.


En esta escuela se les preparaba entre otras actividades prevalentes, para la guerra y la educación que recibían era privilegiada y especial, totalmente diferente al Techpulcalli, ya que sólo los privilegiados deberían de acudir a éste. El aprendizaje en el plantel militar mencionado, variaba, por lo que Gutiérrez Santos dice[6]


Dentro de la enseñanza en el Calmécac, estaba el hablar bien a los usos de su clase, la historia de su pueblo, aritmética, astrología y cronología, com­plementándose todos estos estudios con un adiestramiento en el manejo de las armas.


Cuando ya tenían edad suficiente, concurrían al campo de bata­lla, llevando en su mano una lanza y a. su espalda el chimal, el arco y las flechas de su maestro en el campo de la lucha.

Los que estudiaban y se preparaban en el Calmécac, se consagraban a Quetzalcóatl, en cambio los que se preparaban en el Techpulcalli, eran consagrados a Tezcatlipoca. Sin embargo, entre ambos centros docentes, mediaba una rivalidad que era positiva y hacía surgir grandes guerreros, ya que a cual más trataba de superarse; dice Jacques Soustelle[7]


Los dos sistemas educativos son tan diferentes que desde ciertos puntos de vista parecen opuestos y hasta antagónicos. Sahagún haciéndose intérprete de los nobles, antiguos alumnos del Calmécac, declara que los jóvenes de los Telpochcalli, no tenían buena vida, por ser amancebados y osaban decir palabras livianas y cosas de burla, hablaban con soberbia y osadamente.

Este antagonismo se manifestaba, estallaba con la tolerancia de la opinión pública en ciertas circunstancias: por ejemplo, durante el mes Atemoztli, cuando los jóvenes del Calmécac y los del Telpochcalli se arrojaban unos contra otros en combates simulados.


Este pueblo tenía gran estima para la carrera militar y todos los jóve­nes desde temprana edad, debían de ser instruidos en ella, al grado que se pasó en muchas ocasiones, del mando del Ejército al trono; mediaba ade­más, una disciplina en las huestes armadas y existía mi espíritu de sacrifi­cio entre los hombres dedicados al servicio de las armas.
Importante es precisar que el espíritu militar prevalecía y era una casta con tradición y honor, así como espíritu de cuerpo; Soustelle añade[8]
"...allí estaban los palacios de los funcionarios y los de los personajes notables de las provincias; después, los edificios oficiales: la Casa de las Águilas, especie de club militar...".


El régimen era monárquico y el rey recibía el nombre de TJatoani o sea el orador, siendo el mando supremo y una autoridad absoluta, tenien­do la monarquía el carácter hereditario, ya que sólo podían subir al trono los miembros de la familia real.


Entre los requisitos indispensables para poder ser monarca, quien pretendía serlo, tendría que acreditar: ser va­liente estar ejercido en cosas bélicas ser prudente y sabio y haber sido educado en el Calmecac.
El rey era la máxima autoridad administrativa de su Imperio y la máxima autoridad judicial, era el único legislador, siendo capaz de fijar por sí los tributos que deberían pagarle otros pue­blos; aparte, era el jefe máximo del Ejército y el sumo sacerdote, pudiendo efectuar sacrificios en aras de Huitzílopochtli.


Existía mi consejo supremo de gobierno o Tlatocan, que se integraba por cuatro miembros, que eran consejeros del monarca y las funciones de este cuerpo colegiado le eran auxiliares al rey en todos los actos de go­bierno. Carlos H. Alba define jerarquías:[9]


1) El Cíhuaóatl, o juez mayor, jefe de la administración de justicia

2) El Tlacochcalcatl, o jefe del Ejército

3) El Teotecutli, o sumo sacerdote, encargado del Culto y jefe de la clase sacerdotal

4) El Hueicalpixqui, o gran mayordomo y tesorero real, encargado de la recaudación de tributos.


Dentro de los cargos citados, los equiparables a nuestra legislación vigente respecto del Ejército, son: el mando supremo que correspondía al Tlatoani, hoy equivale al presidente de la República y el alto mando referi­do al Tlacochcatcatl que se equipara al secretario de la Defensa Nacional.


Existía la jerarquía militar y el más alto grado en el Ejército corres­pondía a los generales, estableciéndose una escala descendente del grado antes mencionado, hasta llegar al soldado; Francisco J. Clavijero afirma:[10]
La suprema dignidad militar era la de general del Ejército; pero había cua­tro grados diferentes de generales y cada grado tenía sus insignias particulares.


El más alto era el de Tlacochcalcatl, palabra que según algunos auto­res,
significa principe de los dardos, aunque quiere decir realmente habitan­te de la armería o de la casa de los dardos.


No sabemos si los otros tres grados estaban de algún modo subordinados al primero; ni tampoco es fácil señalar sus nombres, por la variedad con que se leen en los diversos auto­res.

Después de los generales venían los capitanes, cada uno de los cuales mandaba un cierto número de hombres.
Jesús de León Toral y coautores, dicen:[11]
"Los generales, jefes y ofi­ciales de la diferentes unidades se vestían con telas de diversos colores y portaban sus insignias y distintivos especiales; y las tropas que sólo se cubrían con los mixti, eran pintadas con el color o combinación de colo­res propios de su unidad".


Los guerreros tenían sus dignidades, o sea las preseas logradas en combate.


Si éste era egresado del Telpochcalli y capturaba un prisionero, adquiría el nombre de Télpuchtlita-quitlamaní, pudiendo usar una manta con la divisa cuadrada en su vestuario; si hacía dos prisioneros, podía usar su chimal y macana rayados con franjas, con un gorro que en la pun­ta tenía una pluma; si el soldado capturaba tres prisioneros, podía usar el cabello peinado y pintado de rojo, adornado con plumas; si capturaba cuatro prisioneros, se convertía en caballero tigre y si capturaba cinco pri­sioneros, se le dominaba otomitl, llevando en la espalda un estandarte de plumas que era el signo de mando y vestía de color verde: pero si captu­raba seis o más prisioneros, llevaba mi estandarte en la espalda y recibía el nombre de quachic, siendo distinguido como general y podía ser nom­brado Tizoyahuacatl o Tlatlacuihcalca.


Ahora bien, si el guerrero era egresado del Calmecac, si capturaba un prisionero, llevaba los brazos y piernas al desnudo y no podía peinarse como los demás guerreros; si cap­turaba dos prisioneros, usaba como distinción un traje de algodón y lleva­ba el estandarte del mando en la espalda; si capturaba tres prisioneros, desempeñaba el cargo de Telpuchtlatc o Huitznahuatl que implicaba un mando superior y funciones en la Corte; si capturaba, cuatro enemigos, recibía la categoría de Caballero Serpiente; si capturaba cinco prisione­ros, recibía la distinción de ser Caballero Águila, pudiendo llevar un cas­co con figura de esta ave, designándolo como cuauhtlí; si capturaba seis o más enemigos, era designado Caballero León o Miztli y usaba un casco con la figura de este animal siendo ésta la más alta prerrogativa.


El Ejército azteca tenía un órgano que hacía las veces de Estado Ma­yor, o sea, hoy en día al equivalente de éste; Gutiérrez Santos dice[12]:


"El cuerpo de los Cuahtli y Ocelótl, constituían un cuerpo especial que desa­rrollaba misiones del Cuerpo de Estado Mayor dentro del Ejército azte­ca, por lo tanto no tenían mando, pero actuaban en nombre y orden del comandante".

Agrega el autor que dicho órgano tenía como deidad al sol, contando con un templo y palacios particulares en los cuales vivían entrenándose sus jóvenes en los trabajos de la guerra, con un juramento de morir en el combate y no huir retroceder o dar la espalda al enemigo.


Las unidades del Ejército azteca eran superiores e inferiores.

Las pri­meras estaban organizadas por divisiones formadas de los grandes Calpullis y tropas de pueblos aliados; las segundas se constituían por los cuer­pos de los Calpullis, en grupos de veinte hombres. Gutiérrez Santos afirma[13]:

"Cuando el Ejército azteca salía a campaña, se le reunían efecti­vos de tropas de los pueblos aliados como Xochimilco, Coyoacán, etcéte­ra...; sin embargo, no podemos considerarle más de 20.000 plazas, sumándose todos sus efectivos”.

Las armas y los servicios dentro del Ejército mencionado, eran las primeras: de infantería, honderos y flecheros en canoa.
La infantería aten­día a los soldados que combatían a pie.
Realizando grandes caminatas, lu­chando con macanas, lanzas, hondas, etcétera y los flecheros en canoa, apoyaban a !a infantería por medio de ataques que hacia en los ríos, lagos y canales.


Los servicios eran de intendencia, cuya misión era abastecer a. las tropas de. víveres en las operaciones que realizaban, llamándose los Calpixque, quienes pertenecían a este servicio.


Tenían una industria militar, en la que recibían sus obreros especiali­zados el nombre de Yaotlat quichixhihua, encargados de fabricar el arma­mento, tal como arcos, flechas, hondas, lanzas, dardos, todas ellas de pie­dra o de obsidiana; macanas, espadas rústicas y cuchillos, así como cascos, escudos y petos: las armas recibían el nombre de Yaotlayquitl, proveniente de la palabra Yao, que: significa guerra.


Tenían un servicio de justicia militar, funcionando dos tribunales: el
Tecpicalli y el Tequihuacacalli; el primero, llamado Tribunal Militar de la Nobleza, juzgaba a soldados de alto rango que cometían delitos contra la disciplina militar y el segundo era el Tribunal Militar encargado de juzgar a guerreros de baja jerarquía; dice el Códice Mendocino que[14]:


"La cámara llamada Sala de Consejo de Guerra, estaba presidida por Moctezuma y se ocupaba del Ejército en tiempos de guerra, así como de otros asuntos de Estado. Sus funciones eran deliberativas".


Se integraba por cinco capitanes del propio Ejército.


Los delitos militares tipificados eran los de insubordinación, de indis­ciplina, de abandono de puesto, de deserción, de cobardía o el de abando­no del príncipe en guerra, dejándolo caer en manos del enemigo; también el de espionaje, el de traición, de falsos informes, de robo y falsedad.
Por regla general la pena era de muerte.


Debe de mencionarse el servicio de sanidad militar, que era el encar­gado de curar a los heridos en combate, y al respecto José Luis Gutiérrez Sedano dice[15]:


"Existía una organización médico militar incipiente entre los antiguos pobladores de México, para quienes el estado de guerra era casi constante y de fundamental importancia"; este mismo autor, afirma que el médico era llamado Tlama y el cirujano Texoxotlaticitl.


Los aztecas tenían un servicio de Inteligencia que prestaban los mer­caderes, quienes hacían funciones de militares, eran llamados Pochtecas y constituían la nobleza, ya que la actividad comercial era verdaderamente privilegiada; los mercaderes armaban grandes convoyes de mercancías y éstos eran fuertes avanzadas militares; dice Gutiérrez Santos[16]:

La misión principal de los mercaderes, en relación con la guerra, era la in­formación de carácter militar sobre los lugares que visitaban para sus nego­cios; en las relaciones que hacían con otros pueblos, eran recibidos corno embajadores, siendo siempre su misión en son de paz.


Pero en las noches, hacían movilizar a sus hombres, para supervisar y enterarse de las activida­des y fortificaciones del pueblo visitado, información que era dada poste­riormente al Tlacochcalcatl, influyendo en el rey para declarar la guerra.


Soustelle, por su parte, dice[17]: "Antes de las hostilidades enviaban a mezclarse con los enemigos, a sus agentes secretos llamados Quimichtin, (literalmente ratones) que se vestían y se peinaban como las gentes del país y además hablaban su lengua".

El Servicio de Transmisiones que teman los aztecas, se realizaba por medio de instrumentos rudimentarios o bien correos volantes, en donde ciertos hombres hacían grandes recorridos en carrera propiamente de relevos.

Pereciendo muchos en tales cometidos: los instrumentos que usa­ban, eran el caracol, tambores o los pitos hechos de hueso.


Este servicio daba señales de alarma, o de movimientos que deberían realizar sus tro­pas, o en su caso, los despliegues del enemigo, transmitiendo las órdenes dadas por los jerarcas de graduación superior; el propio Jacques Soustelle afirma[18]:"Cuando iban a comenzar una batalla en regla, los guerreros lanzaban gritos ensordecedores, que apoyaban el ulular lúgubre de los ca­racoles y el sonido agudo de los pitos de hueso.


Estos instrumentos ser­vían no solamente para excitar el valor de los guerreros, sino también para hacer señales".

Por último, el servicio de transportes del Ejército azteca, atendiendo a que no usaban bestias de carga para el traslado de sus bagajes militares, tenía un grupo de individuos que eran llamados Tamemes y llevaban a cuestas durante las campanas los arreos necesarios para la guerra.


Como se ha mencionado, la actividad prevaleciente de este pueblo fue la actividad bélica, pero ésta no se iniciaba como una guerra, de agresión, sino que en forma previa a la declaratoria de guerra, se hacían una serie de embajadas y acciones tendientes a mantener la paz y para declararla se requería de un verdadero casus belli.


En forma previa, el rey enviaba tres embajadas, la primera dirigida al señor del pueblo culpable, pudiéndole una satisfacción; la segunda se dirigía a la nobleza, para que requi­riera al señor de que se presentare humilde y evitare la guerra; y la tercera al pueblo para hacerle saber la causa de la misma; Clavijero[19] dice: "Para de­clarar la guerra, se examinaba antes en el Consejo la causa de emprenderla, que era por lo común la rebelión de alguna ciudad o provincia, la muerte dada a un correo o mercader mexicano, acolhua o tepaneca, o algún insulto hecho a sus embajadores".
' .
Si la guerra era inevitable, se iniciaban las operaciones y para ello se seguían las órdenes del Tlacatecatl; Jesús de León Toral y coautores, afirman[20]: "Puesto ya en marcha el Ejército de la federación, de la manera ya examinada, al llegar a las proximidades del suelo enemigo precedi­do por sus elementos de descubierta y protegido hacia sus costados por fracciones de flanqueadores, se aprestaba al combate con métodos prees­tablecidos, pero que varían con las circunstancias de la situación táctica del momento"

Los aztecas hacían sacrificios antes de comenzar la batalla, como punzarse el cuerpo o hacer ayunos, arreglaban sus armas, se pintaban y se establecían formaciones escalonadas para poder realizar el ataque: el Ge­neral Daniel Gutiérrez Santos dice[21]:La misión de ordenar tropas para el combate estaba al cargo de los Tequihuas, los cuales llevaban bastones en las manos y unas cintas amarradas a la cabeza; posteriormente, las órdenes que daba el Tlacatecatl eran trans­mitidas durante la batalla por los Cuauhtli y los Ocelotl, que siempre pe­leaban y actuaban alrededor del general: así pues, el Estado Mayor del Ejército azteca, lo constituían los Caballeros Águilas y Tigres, que hacían las veces de edecanes y los Tequihua, que desempeñaban la misión de maestro de campo.


Concluido el combate, ya en derrota o en victoria, se hacía un correo a la Gran Tenochtitlan de posta en posta, para dar a conocer la noticia al soberano y a toda la comunidad.


En ninguna otra parte del Nuevo Continente se vio tan plenamente realizado el ideal guerrero como entre los aztecas.


Cuando llegaron los españoles, las luchas que se entablaron contra la potencia mexica no fue como podía creerse, la lucha entre un opresor sanguinario y pueblos ingenuos enamorados de la libertad.


Fue una guerra encarnizada entre pueblos igualmente militaristas y orgullosos, entre dos civilizaciones fundadas sobre la fuerza, nacionalistas, y es preciso empaparse de esta idea, bastante sencilla si se quiere ver con alguna claridad al mexicano.


A la hora de vísperas del día 13 de agosto de 1521, cayó Guatemuz con todos sus capitanes, y toda la ciudad y el valle se quedaron sumidos en el silencio.


Para los españoles aquel día estaba dedicado a San Hipólito, patrón de la futura capital del virreinato, y en el calendario azteca el signo cronológico se marcaba con el cráneo de miquiztli; la muerte.


La tarde prometió tormenta y entre nubes rojas como sangre se hundió para siempre detrás de las montañas el quinto sol de los mexicas.[22]









[1] Riva Palacio, Vicente, México através de ¡os siglos. Publicaciones Herrerías
[2] Clavijero, Francisco J..Historia antigua de México, México, Editara Nacional, 1970, p.284.
[3] Ibidem, p 8.
[4] Vaillant c. George. La Civilización Azteca México Fondo de Cultura Económica 1980 p. 183
[5] Gutiérrez Santos Daniel Historia militar de México, México Ediciones Ateneo 1961 tomo 1 p.23
[6] Idem
[7] Soustelle Jacques, la vida cotidiana de los aztecas en vísperas de la Conquista México Fondo de la Cultura Económica 1953, p 175.
[8] Idem p 176.
[9][9] Alba Carlos H. Estudio comprado entre el derecho Azteca y el derecho positivo mexicano, México Instituto Indigenista Interamericano 1949 p 18.
[10] Clavijero, Francisco J., cit nota 2 p. 37
[11] León Toral, Jesús de. E! Ejército mexicano. Secretaria de la Defensa Nacional, México,.197S.p.32
[12] Gutiérrez Santos, Daniel op. Cit nota 3 tomo 1 p 28.
[13] Ibidem p 12
[14] Códice Mendocino, comentado por Kurt Ross, Friburgo Productions Liber 1978-1984. P. III
[15] Gutiérrez Sedano José Luis Historia del servicio de sanidad en México, México Secretaria (de la Defensa Nacional, 1986,1.1, p. 25.
[16] Gutiérrez Santos, Daniel op. Cita nota 3 tomo 1 p 29.
[17] Soustelle Jacques op cit nota 7 p 37
[18] Ibidem p 209
[19]
[20] León Toral, Jesús de. E! Ejército mexicano. Secretaria de la Defensa Nacional, México,.197S.p.32
[21] Ibidem p 42
[22] Guadalupe Fernández de Velasco, “Importancia de doña Marina en la conquista de México”, en Cortés ante la juventud, México, Sociedad de Estudios Cortesianos, Jus, 1949, 364 p. (Publicaciones de la Sociedad de Estudios Cortesianos, 3), p. 145- 163.