lunes, 10 de enero de 2011

RELATOS E HISTORIA: INDICES

SEPTIEMBRE 2008
8 Santa Ana se aferra a la silla
9 La fijación de la mirada
9 La libertad de la palabra
10 Las virgenes en armas
11 La Ciudad de México Don Carlos de Sigüenza y Góngora
12 Seminario Tridentino de Puebla y su Biblioteca
14 Los bravos de Cuautla
17 Carlos Maria de Bustamante
22 Rodolfo Fierro o la furia en el combate
23 Felipe Angeles, El idealismo revolucionario
24 La Toma de Zacatecazbajo la mirada de Felipe Ángeles
32 México la última noche que pasé contigo
38 A qué hora nos fusilarán?
44 Las Castas en la Colonia
46 Herida de muerte al virreinato
53 El btafuego de la revolución
65 Un ángel con ángel
66 Bernal Díaz del Castillo Hombre de su tiempo
74 Aventureros en Uxmal
82 Centenario de la Independencia
86 Aeropuerto, San Cosme y Sullivan
87 Pájaros en el alambre
88 Septiembre en la memoria
89 Molcas
89 Cuauhtémoc, simbolo de la resistencia
92 Domicilio conocido, El Pípila
96 Al bat Beto Davila
OCTUBRE 2008
8 Un cura sorprendente
10 Con el fuego en las manos
12 De la quinta casa de correas al email
14 "Parral me gusta hasta pa´ morirme"
16 Modesta Abascal
16 El globo de Cantolla
18 Camino al infierno
26 De ciudad ab¡ntigua a centro historico
36 El sueño de Pancho Villa
46 Viva Madero
52 la Batalla del Ebano
59 1910 del viejo al nuevo Estado mexicano
71 Alameda Central
72 Arte Adéco entre la tradición y la vanguardia
78 Reclamo de Prostitutas
83 Chava Flores crónica de un chilango ejemplar
84 La luz se hizo
88 Octubre en la memoria
90  Calle Felipe Carrillo Puerto, Calle  Dr. José Ma. Vertiz
94 De peso completo
Del tren de mulitas al metro
96 Parque delta los años de oro del Beisbol en México.
NOVIEMBRE 2008
10 Mas si osare
12 Ay que tiempos
14 La gran aventura "El ferrocarril mexicano"
21 El tinterillo de Teutol
26 La crisis politica de 1808 antesala de la independencia de México
33 Nueva imagen de la independencia y del siglo XIX
40 Villa y Zapata en la ciudad de México
51 Apuntes sobre la independencia
55 Los apaches una nación indomable
62 Días sangrientos
68 Quien a hierro mata
71 Intriga Internacional Francia, Inglaterra y España contra la republica
78 El escuadron 201 en la Guerra del Pacifico
83 José Maria Izazaga
83 Martires de Tacubaya
84 ´68: 2 de octubre
85 Ruido de fondo
89 Agustín I
90 De la calle a la carpa. El circo en México
91Del cartón piedra al plástico sempiterno
96 El califa de León
DICIEMBRE 2008
11 La renuncia de Porfirio Díaz a la presidencia de México
14 La Batalla de Ciudad Juarez los hijos desobedientes
26 Náufragos en los albores de la Historia Mexicana
32 Niños y Adolescentes Los otros protagonistas
40 Despues de la victoria respeto al derecho ajeno es la paz
48 Historia de la casa del Obrero Mundial
58 Distrito Federal un largo camino a la democracia
67 El libro y el hombre
77 Ford fordismo y fordingos
84 Ese oscuro y anónimo cadalso Francisco Primo de Verdad
84 Sigue vivo el Volcán de Fuego
86 Veracruz por los pasteles
87 Mercado del Volador
88 Diciembre en la memoria
89 Quién fue el Primer Conde de Regla?
92 Expedición de reconquista
93 El regimiento de la muerte del Doliente de Hidalgo
94 Calle Mina, Calle Lucas Alaman
96 Joaquín Capilla fin de la hegemonia norteamericana
ENERO 2009
10 Fin de siglo
11 Viva el General Zapata
12 Oro negro
14 No nos hagan mas de al tiro
16 El hombre mas extraordinario
24 La capital en manos invasoras
30 Claudia Linati en México
32 El duelo de Santiago Sierra e Irineo Paz
40 La bella Lupe
46 Aquiles Serdán: Un líder obrero en el maderismo
52 Traslado de Tláloc
56 El vengador de América
63 El debut de la novela mexicana
70 En Nueva España nunca pasa nada
76 La flor mas bella del ejido
78 Los partidos de las tiples
80 Una perra conquistadora
82 ¿Por que Zócalo?
84 Presidente Masaryk
84 Calle Luis Moya
88 Enero en la memoria
90 Preciado liquido
96 Horacio Casarin
FEBRERO 2009
  9 un recuerdo para el General Felipe Ángeles
10 Rafael Buelna El granito de oro
18 Xavier Mina el guerrillo peninsular
26 California no es una isla
28 Geronimo alguna vez me moví como el viento
36 La heroica defensa de Puebla
42 Las bicicletas niña hermosa
44 Dolores y Armas
52 El último Garibaldi
55 Sinaquismo  ¿contrarrevolución y falangismo'
66 tempestad sobre México
74 la independencia por un beso
79 Las postales de la Revoluciòn Mexicana
86 Para recordar
88 Febrero en la memoria
90 Calle Balderas
91 Calle Bucareli
92 La vitrola camino a la modernidad
94 En el principio fue el peso
96 un ratón con popularidad
MARZO 2009
  9 De cuando Abraham González convenció a Pancho Villa de entrar a la revolución
10 Quiénes son
11 La muerte de Venustiano Carranza
12 Suplicio de Cuauhtemoc
14 El paseo de la emperatriz
18 Obregón entre la vida y la muerte
26 Barcos del destierro
34 Déseiré Charnay, pionero de la fotografia y la arqueología mexicana
44 Retrato de Madero con familia revolucionaria
52 Juan Martinez de la Parra Predicador popular
60 El perdon de los Belgas
62 La comida Mexicana una aventura milenaria
76 El evangelista
78 El gran astrolabio que apareció en México
86 Para recordar
87 Para Asistir
88 Marzo en la memoria
89 Para adolescentes
90 Homenaje a Silvio Zavala
92 Calle Amsterdam
93 Avenida Gonzalitos
94 Mirar la Historia con ojos propios
96 Héctor Espino
ABRIL 2009
  9 El movimiento obrero en México
10 Torre Latinoamericna
12 Real del catorce
14 Ángela Peralta el ruisiñor de México
16 Belisario Dominguez
16 Maria Luisa Ross la primera reportera mexicana
18 Ícaros en Balbuena
22 Paula Benavides: matriarca de la tipografia en el siglo XVII
30 La caida de Curicaveri Olid llega a Michoacán
31 Guty Cárdenas
34 El sucesor de Zapata Genovevo de la O
34 Ahí te van las hojas
36 La astronimía en la Nueva España
42 Lucio Blanco en Matamoros Las oportunidades perdidas
51 El albun fotográfico del general Silvestre Mariscal
58 Paleterías La Michoacana
65 ¿Ranas pidiendo Rey? Un retrato de los imperialistas
76 Muerte de José Revueltas
77 México Demande Request-Solicita
78 El sueño cumplido de toda dama de sociedad
84 Tragedia en altamar
88 Abril en la memoria / Reseñas
89 Para adolescentes
90 Calle Observatorio
91 Calle Viaducto Alemán
92 Para reecordar
93 Para asistir
94 Querétaro el fin del imperio
96 Ricardo "Pollero" García
MAYO 2009
  9 5 de Mayo en Estados Unidos
10 Plaza de Guardiola
12 El señor de iztapalapa: Cuitláhuac
13 Los corridos: La Historia entre notas Batallas, Heroes y Caudillos
14 Los fabulos veinte
16 Los dineros delarzobispo
17 Fusilados por un peso
18 La pequeña Pompeya teatro Juarez
20 Concha Lombardo de Mirón
22 La fotografía de Emiliano Zapata
24 Abasolo ante la muerte
25 El cartel del Centenario
29 El último insurgente Juan Álvarez
30 Fernando Consag explorador indomito
38 El primer Jefe
46 septiembre de 1846 La batalla de Monterrey
54 El padre jarauta
58 Viva el emperador de la República Mexicana
66 Esculturas polícromas del siglo XVII
67 El general Cándido Aguilar
68 Los comerciantes de la antigua calle de Plateros
74 Los temores de Salcedo
75 Hondas y banderas blancas
86 Soportar el fracaso la destitución de Hidalgo
86 Los seiscientos
88 Para recordar
89 Para asistir
90 Mayo en la memoria/ Reseñas
92 Calle Alfonso Reyes
93 Calle Justo Sierra
96 Guillermo Huevito Álvarez
JUNIO 2009
10 Carta a Felipe Solís
11 la creación de la Ssecretaria de Educación Publica
12 La avenida de los Insurgentes
14 Diario de Concha Miramón
16 Las efimeras glorias de Calleja
17 El rey poeta de Texcoco
18 Rosario
20 El Centenario de las fiestas del Centenario
29 Veracruz en diciembre
31 Tenochtitlan
36 Las Misiones de frontera en Sierra Gorda
46 Los motivos del águila
55 Las huelgas de Cananea y Río Blanco
56 En torno a Santa Anna y su mundo fascinante
62 Por los caminos de Guanajato Los comienzos de la Cristiada
62 Roque González Garza Presidente Provisional
65 Pandemias de influenza de México
70 El doctor Ignacio Chavez
70 La capitulación del baluarte
72 El incendio de Molango
73 Una noche estellada en el Zócalo
86 Junio en la memoria / Reseñas
88 Nace la CTM
89 Calle Tolsá
90 El Chemulpo
92 Para recordar
93 Para asistir
94 El camino de Aculco
96 Pedro El Mago Septién
JULIO 2009
10 Monte de las Cruces
12 Un submarino para Pancho Villa
14 Diario de Concha Miramón
18 Archivo Martinez del Río
22 Calle Londres
24 La vida es sueño y todo se va
30 José Maria Iglesias
30 General Felipe Berriozábal
32 Tampico, puerto histórico de altura
36 Juan O´Gorman pintor, arquitecto, historiador
47 Un insurgente gringo
50 La matanza de Cholula
51 La victoria de Guadalupe
52 El fraude electoral de 1910
62 El Potrero del Llano
63 El Batallón de San patricio
71 La liga de la Decdencia
77 Los ferrocarriles portátiles Decauville en México
84 La muerte del cura
90 Julio en la memoria
92 Para recordar
94 Calle Francisco Zarco
95 Calle General Prim
96 José efrén El Jaimacón Villegas
AGOSTO 2009
10 Criptoanálisis
12 Diario de Concha Miramón
14 El tratado Mc Lane Ocampo
22 El general Sóstenes Rocha
24 Nace un periodista de combate
26 Soberanía
29 La batalla de estación Esperanza
30 1958-1959 Movimmiento sindical ferrocarrileros
31 Ignacio López Rayón la entereza ante la derrota
32 Crónica de una resistencia ignorada
35 Cabeza de Vaca
41 La campaña de 1929 el mito del fraude
54 Tipos populares y fotografos de la revolución
65 Adios Portales
71 Triangulo musical de México Veracruz, La Habana, Yucatán (1870-1970)
77 Una mujer de armas tomar: Julia Bacire una mujer comerciante en el alba de la primwera república
84 Paraíso es tu memoria
86 Agosto en la memoria / Reseñas
87 Para adolescentes
88 Viva Sonora
90 Para recordar
91 Para asistir
92 Francisco Hernández, protomédico
94 Calle Gabriel Mancera
95 Calle Ignacio Torres Adalid
96 Vicente Saldivár
SEPTIEMBRE 2009
10 La antigua Plaza del Factor
12 Diario de Conchita Miramón
15 Pelones de Hospicio
23 La gran inundación de 1629
30 En el nombre del primer socialista del mundo
39 Las estatuas de Reforma
40 jorge Ibangüengoitia Antillón
42 Indiginismo cosmopolita
42 Tres veces gobernador
44 Una historia mal contada Los niños Heroes
52 Palacio y hotel
53 La nota roja en México
66 Andrés Pérez, maderista la primera novela de la Revolución Mexicana
72 Izcóatl
74 Las primeras máquinaspara hacer tortillas
76 ¿Y las mujeres?
76 A gritos y sombrerazos
78 Primeras ascensiones de europeos  al Popocatépetl
79 Y olé por siempre
80 Los indios verdes
81 Viva México en el México
88 Septiembre en la memoria
92 Calle Luz Saviñón
93 Calle Rafael Dondé
96 Bertha Chiu Núñez
OCTUBRE 2009
10 Callede Tacuba, ayer y hoy
12 Diario de Concha Miramón
14 El edificio más antiguo
15 Así mueren los de Valle
16 Las casas del Tlatoani
24 Nueve semanas y media: El movimiento estudiantil de 1968
34 Cuatro imágenes para la Historia
37 La caída de un insurgente
38 Después de la oscuridad
40 Un viraje que cambío al mundo
42 Viva Villa y Viva México
44 Nace el Ejercito Constitucionalista
46 Traición a Zapata
46 Dos mundos frente a frente
48 Congreso errante
49 El magnicidio de Obregón
60 Viva Zapata
68 La magia del fonógrafo
74 En un lugar llamado Huitzilac
76 Juana Inés de Asbaje ¿qué sonidos la acompañaron?
84 La constancia mexicana en los albores de la industrialización
88 Octubre / Reseñas
89 Para adolescentes
90 Para recordar
91 Para asistir
93 Calle Francisco Eduardo Tresguerras
94 Un drama en México
96 Bronce en Berlín 1936
NOVIEMBRE 2009
10 Plaza Romita
12 Diario de Concha Miramón
14 Motivos del escudo
16 Discurso tricolor Era un intelectual consumado
16 La calle de Xicoténcatl
18 Encuentros y desencuentros de dos primos Maximiliano de México y Pedro de Brasil
26 Carta desde el frente de guerra
34 La llegada del neoclásico a la Nueva España el milagro del posito
35 Felipe Ángeles o el humanismo revolucionario
43 De arriero a coronel Valerio Trujano
44 La tauromaquia, doscientos años de historia
54 Nueva Rosita la caravana del hambre
63 los sonecitos de la tierra
70 Un castillo de cuento
71 Banderas Monumentales
74Crónicas del magisterio Enrique Conrado Rébsamen
77 ¿Pulque insurgente? La industria pulquera en medio de la insurrección
88 Noviembre / Reseñas
89 Para niños
90 Para recordar
91 Para asistir
92 Plaza Río de Janeiro
94 Calle Belisario Dominguez
95 Calle Carlos María Bustamante
96 Glorias del fútbol americano
DICIEMBRE 2009
10 Reforma actual paseo de los Gigantes
12 Diario de Concha Mirón
14 El plan en San Luis Antonio
16 Espíritus farsantes
17 Curiosos Inventos
18 Los ecos de la Revolución Mexicana en Latinoamérica
28 Lenguas ahumadas en el teatro Principal
30 Azúcar para todos El Estado mexicano y la industria azucarera
38 Problemas de Familia
41 La persecución de Villa
46 Espíritu confundido
46 Doña Luz Corral
48 Toda mujer se merece, por lo menos
54 Revolución 1910 en Guerrero y Michoacán
58 Financiar la Guerra contra los franceses
62 El combate de flores
67 El bolero embajador mexicano
73 El ocaso apache: La Batalla de Tres Castillos
84 El mapa más antuguo de la cuenca de México el Codigo Xólotl y la forma de los lagos
84 Un joven presidente
86 La Fundidora Monterrey
88 Diciembre en la memoria / Reseñas
89 Para adolescentes
90 Para recordar
91 Para asistir
92 Francisco Díaz de León
93 Genaro García
94 Una breve siesta
96 Fernando el Toro Valenzuela
ENERO 2010
10 Tacubaya, ayer y hoy
12 Diario de Concha Miramón
14 Fray Bartolomé de las Casas
15 Los ferrocarriles nacionales y revolucionarios
16  El capitán Hernan Cortés
17 La vecindad de Kays Arenas
22 Un carmelita ilustrado Fray Manuel de San Juan Crisóstomo
25 Cuando suena la Campana
30 Fantasmas en el desierto
34 José Martí ciudadano de Cuba, México y América
38 El espía 10 B
41 El reino de la pasión
46 Mercenarios de aire
50 De las camaras de Foto Semo
56 El nacimiento de  la trova yucateca
63 Un retrato de la Independencia y el genio de Juan O´Gorman
68 El último general en armas
69 Los motivos de Miguel Hidalgo
78 La china Poblana
78 El dragón de fierro
80 Lucas Alamán
81 Navidad en el Imperio
86 Enero para la memoria / Reseñas
88 Para recordar
89 Para asistir
92 Calle de Macedonio A
lcala
94 Lucha libre mexicana
FEBRERO 2010
10 Convento Grande San Francisco
12 Diario de Concha Miramón
14 La ruta del ferrocarril Mexicano El veretigo de la velocidad
16 Disculpe, ¿dónde estoy?
18 La entrevista Díaz- Taft
26 Tomó su cámara y se fue a la bola
29 Tragedias de pulquería
34 Tres pueblos una historia
34 Tuércele el  cuello... ¿al Búho?
36 Julio López Chávez La utopía armada
38 Primeras aventuras en la vida de Diego María Rivera
44 Pregoneros voces y oficos del siglo XIX
50 El jesuita Cristoforo Lauria De la ilusión al sufrimiento
56 Ignacio Comonfort 
58 De España llego la pasión religiosa
64 El espíritu de Lindbergh
66 El trovador de Sotavento: Lorenzo Barcelata
72 Toda una farsa
73 La Malinche ¿Traidora o heroína?
84 La albarrada de los indios
88 Febrero en la memoria
90 Para recordar
92 Calle de Simón Bolivar
93 Calle de Mariscal Sucre 
94 Un camino aparente
96 Ricardo Pajarito Moreno El paso de un huracán
MARZO 2010
10 El santuario de la Piedad, ayer y hoy
12 Diario de Concha Miramón
14 ¿Con qué derecho?
16 Don Miguel de Cervantes Saavedra
19 De novohispanos a Mexicanos
26 Tomó su cámara y se fue a la bola
32 ¿Dónde está el dinero? Don Luis Terrazas fue uno de los hombresmas influyentes
33 Los esclavos de Yucatán 
38 El olvido esta empedrado de buenas intenciones
43 Agustín de Iturbide ¿Cuál fue su delito?
46 El poeta desarmado
48 Yucatán se declara república independiente
53 Las otras visiones del Cuatelazo de 1913
62 La muerte de Argumedo
68 La colonia Condesa
78 Salón Rojo
84 Tata Vasco
86 Las diligencias
88 Marzo en la memoria
90 Para recordar

ABRIL 2010
10 La estación Colonia, ayer y hoy
12 Diario de Concha Miramón
14 El profe Chao
16 Jesús Chu Rasgado ciudadano y músico ejemplar
19 El candidato perpetuo Don Nicolás Zúñiga y Miranda
28 La contienda de 100 años, La guerra del Yaqui
32 El asesinato de Abraham González
33 El papel moneda de Agustín de Iturbide
38 Miramón el desconocido
46 El poeta desarmado
48 Yucatán se declara república independiente
50 Art Nouveau en la Ciudad de México, la seducción del encanto
61 La batalla de Torreón
74 Los Cientificos del Porfiriato
84 Tata Vasco
84 Los albores de la gran Tenochtitlan
88 Abril en la memoria
90 Para recordar
92 Calle de Santiago Rebull
93 Calle de José María Velasco
94 Mátalos en caliente
96 El béisbol en Tabasco
96 Fernando el Toro Valenzuela
AGOSTO 2010
10 El Kiosco Morisco de Santa Maria
12 Diario de Concha Mirón
14 La República regresa a la capital
22 El canal de la Viga
32 El México que yo viví
42 Oh Patria mía
48 Salvador Alvarado guerro y estadista revolucionario
58 Piratas en Veracruz
62 El Tajo de la Muerte
63 Aconcahua, 11 de febrero de 1948
67 La Revolución en el cine Mexicano
78 La Radio en México una epoca dorada de color azul
86 Dolor de cabeza
86 Educación Socialista
88 Agosto en la memoria
92 Xavier Villaurrutia
93 Jorge Cuesta
96 Rodolfo Chango Casanova
OCTUBRE 2010
10 Real hospital de terceros
12 Diario de Concha Miramón
14 Enrique Cepeda la mano derecha del general Victoriano Huerta
24 Carranza se levanta en armas
26 Práxedis Guerrero
34 La rebelión de los polkos
37 Sombras de confusión las elecciones del 7 de julio de 1940
46 Una visita muy cordial
47 Del cajón de ropa a el Palacio de Hierro
54 La novedad urbana
58 Ignacio Zaragoza bandera de la república
65 El levantamiento en Tula, Tamaulipas Alberto y Francisco Carreras Torres
76 Ecos musicales al calor de la guerra
84 El chocolate en la independencia
86 El imperio se desmorona
86 Inmolación
88 Octubre en la memoria/ libros
90 Para recordar
91 Para asistir
92 José Gorostiza
93 Carlos Pellicer Cámara
96 Nace una leyenda
DICIEMBRE 2010
10 Diario de Concha Miramón
12 Convento de Santa Isabel
14 Los Carran clanes
24 El Santo Señor de Chalma
32 El caudillo y su historiador In Memoriam, Fredrich Katz
36 Gran Baile en el Palacio Nacional
46 1910: Moda cosmopolita en México
51 La vida secreta del presidente de México Guadalupe Victoria
58 La perpicaz Güera Rodríguez
62 Saloud pública
63 Expulsión de los jesuitas
72 El Jazz lúdico y mexicano
80 El Despertador Americano
84 Fray Servando y Guadalupe
86 El Fuerte de Perote
88 Diciembre en la memoria
94 Agustín Yañez
95 Juan José Arreola
96 Rafael Pelón Osuna
92 Calle de José Enrique Rodó
93 Calle de Cacama (Cacamatzin)
94 Una visita extraordinaria
96 Los últimos dias del Santo
FEBRERO 2010

viernes, 18 de abril de 2008

Antecedentes Prehispánicos

Antecedentes Prehispánicos

Si nos remontamos a nuestra historia precolombina, sin duda nos daremos fácilmente cuenta de que, en este periodo, se aprecia que diversos pueblos tuvieron verdaderamente un fuerte militarismo, atendiendo a que por esta vía la de las armas lograban la hegemonía.


Entre ellos mismos, cabe sólo destacar la existencia de algunos que guerrearon a fin de poder conquistar, someter o subsistir, como fueron los chichimecas, los olmecas, los mayas y los zapotecas, entre otros; pero únicamente ubicaremos nuestro estudio en los aztecas, sin menosprecio de las demás organizaciones de su tiempo, atendiendo a que este pueblo alcanzó una avanzada y verdadera organización castrense que le permitió dominar por mucho tiempo el espacio territorial que constituye la hoy República Mexicana, antes de la llegada de los españoles..


Los aztecas eran una tribu de la raza nahoa, que llegaron al valle de México en verdaderas condiciones deplorables; provenían del Aztlán, de donde tomaron su nombre y previo el peregrinaje que les hizo pasar por diversos lugares, tales como Michoacán, Toluca y Malinalco, llega­ron a una pequeña isla en el lago de Chalco, cerca de Cuihuacán, que era el lugar donde residía un pueblo fuerte que trató de someterlos, por lo que el rey de los cullmas, maliciosamente, los mandó a un lugar inhóspito, llamado Tizapán, atendiendo a que éste estaba plagado de diversas clases de alimañas ante las cuales pensaron los cuihuacaneises que perecerían los aztecas.


Debido a las pésimas condiciones del lugar y cuando pasado al­gún tiempo, se percataron de que sus visitantes se habían comido a los bichos venenosos de ese sitio, encontrándose muy contentos, motivo por el cual en forma incondicional y sin violencia alguna se sometieron a los aztecas los pobladores de Cuihuacán.


Así se estableció este poderoso pueblo en lo que seria la Gran Tenochtitlán, siendo su fundador un jefe sacerdotal llamado "Tenoch", robuste­ciendo su poderío mediante una triple alianza que hicieron con los tepanecas y texcocanos, a fin de poder dominar a otros pueblos con los que constantemente tenían guerras: no obstante la alianza mencionada, los az­tecas tenían prevalencia en la misma.


Vicente Riva Palacio[1] dice: "...que en el reparto tocaba doble porción al rey de México que al de Texcoco..."; este mismo autor realza la prevalencia del pueblo azteca en mate­ria militar y agrega: "Al señor de México habían dado la obediencia los señores de Texcoco y Tacuba en las cosas de guerra..".


De lo anterior, se desprende que la supremacía de los aztecas se fincó en su militarismo y la guerra era la actividad más prevaleciente, ya que me­diante las conquistas sobre otros pueblos, se hacían llegar bienes y rique­zas por los tributos constantes de aquellos sometidos al vasallaje: sin em­bargo, dicha actividad castrense estaba vinculada a la religiosa, ya que Huitzílopochtli o Mexitli era el dios de la guerra, que cuando los mexica­nos entraban en combate, lo invocaban; dice Francisco Javier Clavijero[2] "Cuando determinaban los mexicanos hacer la guerra, imploraban la pro­tección de aquella divinidad con oraciones y sacrificios. Era el dios a que se sacrificaba mayor número de vidas humanas".


Pero no era el único dios que se invocaba en materia bélica, tenían también a Tlacahuepami-Cuexcotzin, considerado dios de la guerra y her­mano menor de Huitzílopochtli, aunque Texcoco era el lugar en donde más era venerado: también estaba como deidad Panailton, que era invo­cado en casos de guerras inesperadas o rápidas, en donde los sacerdotes coman por las calles invocándolo y llamando a gritos a los militares, quienes deberían tomar las armas inmediatamente; a este dios se le sacri­ficaban animales.


Dentro de la sociología de la época, la clase militar era la que gozaba de mayores prebendas, junto con la sacerdotal y para ser soldado, o bien mediaba una dinastía, o se formaban en la escuela militar llamada el Telpuchcalli; en el primer caso. dice Clavijero[3] a propósito de los jóve­nes: "Cuando llegaban a cierta edad, les ensenaban el manejo de las ar­mas; y si los padres eran militares, los conducían consigo a la guerra, a fin de que se instruyesen en el arte militar, se acostumbrasen a los peligros y les perdiesen el miedo". En el segundo caso, afirma George C. Vaillant[4]


Los soldados eran los hombres capacitados de la comunidad.
El Telpuchealli o casa de los jóvenes, por la que pasaban los muchachos a la edad de quince años para recibir instrucción formal acerca de los deberes varoniles, los adiestraba en el manejo de varias armas.


No existían ejercicios milita­res, entendiendo por esto los movimientos precisos de las tropas modernas, pero las grandes ceremonias mensuales requerían demostraciones militares, en las que los guerreros ponían de manifiesto sus habilidades y ejecutaban si­mulacros.
En el combate cada recluta seguía, a un guerrero experimentado. de manera muy semejante a como un escudero medieval servía de paje a un caballero armado.


En Francia, durante la época de Felipe El Hernioso, a este tipo de personaje de la guerra que acompañaba a los soldados profesionales se le llamaba "bachiller".


Esta escuela formaba hombres de tipo medio y las tareas que realizaba eran públicas y modestas; sin embargo, algún egresado de la misma, por sus hazañas de valor en la guerra, podía alcanzar altos grados militares.

El centro de educación militar estaba mandado por el Telpochtlato, o sea el instructor de mancebos, quienes eran adiestrados en el manejo de las ar­mas; respecto a los alumnos de este centro, Daniel Gutiérrez Santos dice[5]

Estaban sujetos a una férrea disciplina que los convertía en verdaderos combatientes; además, estaban condenados, a terribles castigos si se em­briagaban. o se les encontraba con una mujer y hasta la simple negligencia se penaba, variando los castigos desde quemarles los cabellos con teas de ocote hasta la muerte.


La educación militar en el Techpolcalli, podría sintetizase así: El Telpochtlato, enseñaba a los alumnos el manejo de las armas para lo cual golpeaban a manera de esgrima con sus macanas sobre unos postes hincados en tierra.


Para entrenarse en el uso del arco y la flecha, con mucha frecuencia organizaban cacerías.


Otro centro educativo lo fue el Calmécac que estaba destinado a los hijos de los altos dignatarios.


En esta escuela se les preparaba entre otras actividades prevalentes, para la guerra y la educación que recibían era privilegiada y especial, totalmente diferente al Techpulcalli, ya que sólo los privilegiados deberían de acudir a éste. El aprendizaje en el plantel militar mencionado, variaba, por lo que Gutiérrez Santos dice[6]


Dentro de la enseñanza en el Calmécac, estaba el hablar bien a los usos de su clase, la historia de su pueblo, aritmética, astrología y cronología, com­plementándose todos estos estudios con un adiestramiento en el manejo de las armas.


Cuando ya tenían edad suficiente, concurrían al campo de bata­lla, llevando en su mano una lanza y a. su espalda el chimal, el arco y las flechas de su maestro en el campo de la lucha.

Los que estudiaban y se preparaban en el Calmécac, se consagraban a Quetzalcóatl, en cambio los que se preparaban en el Techpulcalli, eran consagrados a Tezcatlipoca. Sin embargo, entre ambos centros docentes, mediaba una rivalidad que era positiva y hacía surgir grandes guerreros, ya que a cual más trataba de superarse; dice Jacques Soustelle[7]


Los dos sistemas educativos son tan diferentes que desde ciertos puntos de vista parecen opuestos y hasta antagónicos. Sahagún haciéndose intérprete de los nobles, antiguos alumnos del Calmécac, declara que los jóvenes de los Telpochcalli, no tenían buena vida, por ser amancebados y osaban decir palabras livianas y cosas de burla, hablaban con soberbia y osadamente.

Este antagonismo se manifestaba, estallaba con la tolerancia de la opinión pública en ciertas circunstancias: por ejemplo, durante el mes Atemoztli, cuando los jóvenes del Calmécac y los del Telpochcalli se arrojaban unos contra otros en combates simulados.


Este pueblo tenía gran estima para la carrera militar y todos los jóve­nes desde temprana edad, debían de ser instruidos en ella, al grado que se pasó en muchas ocasiones, del mando del Ejército al trono; mediaba ade­más, una disciplina en las huestes armadas y existía mi espíritu de sacrifi­cio entre los hombres dedicados al servicio de las armas.
Importante es precisar que el espíritu militar prevalecía y era una casta con tradición y honor, así como espíritu de cuerpo; Soustelle añade[8]
"...allí estaban los palacios de los funcionarios y los de los personajes notables de las provincias; después, los edificios oficiales: la Casa de las Águilas, especie de club militar...".


El régimen era monárquico y el rey recibía el nombre de TJatoani o sea el orador, siendo el mando supremo y una autoridad absoluta, tenien­do la monarquía el carácter hereditario, ya que sólo podían subir al trono los miembros de la familia real.


Entre los requisitos indispensables para poder ser monarca, quien pretendía serlo, tendría que acreditar: ser va­liente estar ejercido en cosas bélicas ser prudente y sabio y haber sido educado en el Calmecac.
El rey era la máxima autoridad administrativa de su Imperio y la máxima autoridad judicial, era el único legislador, siendo capaz de fijar por sí los tributos que deberían pagarle otros pue­blos; aparte, era el jefe máximo del Ejército y el sumo sacerdote, pudiendo efectuar sacrificios en aras de Huitzílopochtli.


Existía mi consejo supremo de gobierno o Tlatocan, que se integraba por cuatro miembros, que eran consejeros del monarca y las funciones de este cuerpo colegiado le eran auxiliares al rey en todos los actos de go­bierno. Carlos H. Alba define jerarquías:[9]


1) El Cíhuaóatl, o juez mayor, jefe de la administración de justicia

2) El Tlacochcalcatl, o jefe del Ejército

3) El Teotecutli, o sumo sacerdote, encargado del Culto y jefe de la clase sacerdotal

4) El Hueicalpixqui, o gran mayordomo y tesorero real, encargado de la recaudación de tributos.


Dentro de los cargos citados, los equiparables a nuestra legislación vigente respecto del Ejército, son: el mando supremo que correspondía al Tlatoani, hoy equivale al presidente de la República y el alto mando referi­do al Tlacochcatcatl que se equipara al secretario de la Defensa Nacional.


Existía la jerarquía militar y el más alto grado en el Ejército corres­pondía a los generales, estableciéndose una escala descendente del grado antes mencionado, hasta llegar al soldado; Francisco J. Clavijero afirma:[10]
La suprema dignidad militar era la de general del Ejército; pero había cua­tro grados diferentes de generales y cada grado tenía sus insignias particulares.


El más alto era el de Tlacochcalcatl, palabra que según algunos auto­res,
significa principe de los dardos, aunque quiere decir realmente habitan­te de la armería o de la casa de los dardos.


No sabemos si los otros tres grados estaban de algún modo subordinados al primero; ni tampoco es fácil señalar sus nombres, por la variedad con que se leen en los diversos auto­res.

Después de los generales venían los capitanes, cada uno de los cuales mandaba un cierto número de hombres.
Jesús de León Toral y coautores, dicen:[11]
"Los generales, jefes y ofi­ciales de la diferentes unidades se vestían con telas de diversos colores y portaban sus insignias y distintivos especiales; y las tropas que sólo se cubrían con los mixti, eran pintadas con el color o combinación de colo­res propios de su unidad".


Los guerreros tenían sus dignidades, o sea las preseas logradas en combate.


Si éste era egresado del Telpochcalli y capturaba un prisionero, adquiría el nombre de Télpuchtlita-quitlamaní, pudiendo usar una manta con la divisa cuadrada en su vestuario; si hacía dos prisioneros, podía usar su chimal y macana rayados con franjas, con un gorro que en la pun­ta tenía una pluma; si el soldado capturaba tres prisioneros, podía usar el cabello peinado y pintado de rojo, adornado con plumas; si capturaba cuatro prisioneros, se convertía en caballero tigre y si capturaba cinco pri­sioneros, se le dominaba otomitl, llevando en la espalda un estandarte de plumas que era el signo de mando y vestía de color verde: pero si captu­raba seis o más prisioneros, llevaba mi estandarte en la espalda y recibía el nombre de quachic, siendo distinguido como general y podía ser nom­brado Tizoyahuacatl o Tlatlacuihcalca.


Ahora bien, si el guerrero era egresado del Calmecac, si capturaba un prisionero, llevaba los brazos y piernas al desnudo y no podía peinarse como los demás guerreros; si cap­turaba dos prisioneros, usaba como distinción un traje de algodón y lleva­ba el estandarte del mando en la espalda; si capturaba tres prisioneros, desempeñaba el cargo de Telpuchtlatc o Huitznahuatl que implicaba un mando superior y funciones en la Corte; si capturaba, cuatro enemigos, recibía la categoría de Caballero Serpiente; si capturaba cinco prisione­ros, recibía la distinción de ser Caballero Águila, pudiendo llevar un cas­co con figura de esta ave, designándolo como cuauhtlí; si capturaba seis o más enemigos, era designado Caballero León o Miztli y usaba un casco con la figura de este animal siendo ésta la más alta prerrogativa.


El Ejército azteca tenía un órgano que hacía las veces de Estado Ma­yor, o sea, hoy en día al equivalente de éste; Gutiérrez Santos dice[12]:


"El cuerpo de los Cuahtli y Ocelótl, constituían un cuerpo especial que desa­rrollaba misiones del Cuerpo de Estado Mayor dentro del Ejército azte­ca, por lo tanto no tenían mando, pero actuaban en nombre y orden del comandante".

Agrega el autor que dicho órgano tenía como deidad al sol, contando con un templo y palacios particulares en los cuales vivían entrenándose sus jóvenes en los trabajos de la guerra, con un juramento de morir en el combate y no huir retroceder o dar la espalda al enemigo.


Las unidades del Ejército azteca eran superiores e inferiores.

Las pri­meras estaban organizadas por divisiones formadas de los grandes Calpullis y tropas de pueblos aliados; las segundas se constituían por los cuer­pos de los Calpullis, en grupos de veinte hombres. Gutiérrez Santos afirma[13]:

"Cuando el Ejército azteca salía a campaña, se le reunían efecti­vos de tropas de los pueblos aliados como Xochimilco, Coyoacán, etcéte­ra...; sin embargo, no podemos considerarle más de 20.000 plazas, sumándose todos sus efectivos”.

Las armas y los servicios dentro del Ejército mencionado, eran las primeras: de infantería, honderos y flecheros en canoa.
La infantería aten­día a los soldados que combatían a pie.
Realizando grandes caminatas, lu­chando con macanas, lanzas, hondas, etcétera y los flecheros en canoa, apoyaban a !a infantería por medio de ataques que hacia en los ríos, lagos y canales.


Los servicios eran de intendencia, cuya misión era abastecer a. las tropas de. víveres en las operaciones que realizaban, llamándose los Calpixque, quienes pertenecían a este servicio.


Tenían una industria militar, en la que recibían sus obreros especiali­zados el nombre de Yaotlat quichixhihua, encargados de fabricar el arma­mento, tal como arcos, flechas, hondas, lanzas, dardos, todas ellas de pie­dra o de obsidiana; macanas, espadas rústicas y cuchillos, así como cascos, escudos y petos: las armas recibían el nombre de Yaotlayquitl, proveniente de la palabra Yao, que: significa guerra.


Tenían un servicio de justicia militar, funcionando dos tribunales: el
Tecpicalli y el Tequihuacacalli; el primero, llamado Tribunal Militar de la Nobleza, juzgaba a soldados de alto rango que cometían delitos contra la disciplina militar y el segundo era el Tribunal Militar encargado de juzgar a guerreros de baja jerarquía; dice el Códice Mendocino que[14]:


"La cámara llamada Sala de Consejo de Guerra, estaba presidida por Moctezuma y se ocupaba del Ejército en tiempos de guerra, así como de otros asuntos de Estado. Sus funciones eran deliberativas".


Se integraba por cinco capitanes del propio Ejército.


Los delitos militares tipificados eran los de insubordinación, de indis­ciplina, de abandono de puesto, de deserción, de cobardía o el de abando­no del príncipe en guerra, dejándolo caer en manos del enemigo; también el de espionaje, el de traición, de falsos informes, de robo y falsedad.
Por regla general la pena era de muerte.


Debe de mencionarse el servicio de sanidad militar, que era el encar­gado de curar a los heridos en combate, y al respecto José Luis Gutiérrez Sedano dice[15]:


"Existía una organización médico militar incipiente entre los antiguos pobladores de México, para quienes el estado de guerra era casi constante y de fundamental importancia"; este mismo autor, afirma que el médico era llamado Tlama y el cirujano Texoxotlaticitl.


Los aztecas tenían un servicio de Inteligencia que prestaban los mer­caderes, quienes hacían funciones de militares, eran llamados Pochtecas y constituían la nobleza, ya que la actividad comercial era verdaderamente privilegiada; los mercaderes armaban grandes convoyes de mercancías y éstos eran fuertes avanzadas militares; dice Gutiérrez Santos[16]:

La misión principal de los mercaderes, en relación con la guerra, era la in­formación de carácter militar sobre los lugares que visitaban para sus nego­cios; en las relaciones que hacían con otros pueblos, eran recibidos corno embajadores, siendo siempre su misión en son de paz.


Pero en las noches, hacían movilizar a sus hombres, para supervisar y enterarse de las activida­des y fortificaciones del pueblo visitado, información que era dada poste­riormente al Tlacochcalcatl, influyendo en el rey para declarar la guerra.


Soustelle, por su parte, dice[17]: "Antes de las hostilidades enviaban a mezclarse con los enemigos, a sus agentes secretos llamados Quimichtin, (literalmente ratones) que se vestían y se peinaban como las gentes del país y además hablaban su lengua".

El Servicio de Transmisiones que teman los aztecas, se realizaba por medio de instrumentos rudimentarios o bien correos volantes, en donde ciertos hombres hacían grandes recorridos en carrera propiamente de relevos.

Pereciendo muchos en tales cometidos: los instrumentos que usa­ban, eran el caracol, tambores o los pitos hechos de hueso.


Este servicio daba señales de alarma, o de movimientos que deberían realizar sus tro­pas, o en su caso, los despliegues del enemigo, transmitiendo las órdenes dadas por los jerarcas de graduación superior; el propio Jacques Soustelle afirma[18]:"Cuando iban a comenzar una batalla en regla, los guerreros lanzaban gritos ensordecedores, que apoyaban el ulular lúgubre de los ca­racoles y el sonido agudo de los pitos de hueso.


Estos instrumentos ser­vían no solamente para excitar el valor de los guerreros, sino también para hacer señales".

Por último, el servicio de transportes del Ejército azteca, atendiendo a que no usaban bestias de carga para el traslado de sus bagajes militares, tenía un grupo de individuos que eran llamados Tamemes y llevaban a cuestas durante las campanas los arreos necesarios para la guerra.


Como se ha mencionado, la actividad prevaleciente de este pueblo fue la actividad bélica, pero ésta no se iniciaba como una guerra, de agresión, sino que en forma previa a la declaratoria de guerra, se hacían una serie de embajadas y acciones tendientes a mantener la paz y para declararla se requería de un verdadero casus belli.


En forma previa, el rey enviaba tres embajadas, la primera dirigida al señor del pueblo culpable, pudiéndole una satisfacción; la segunda se dirigía a la nobleza, para que requi­riera al señor de que se presentare humilde y evitare la guerra; y la tercera al pueblo para hacerle saber la causa de la misma; Clavijero[19] dice: "Para de­clarar la guerra, se examinaba antes en el Consejo la causa de emprenderla, que era por lo común la rebelión de alguna ciudad o provincia, la muerte dada a un correo o mercader mexicano, acolhua o tepaneca, o algún insulto hecho a sus embajadores".
' .
Si la guerra era inevitable, se iniciaban las operaciones y para ello se seguían las órdenes del Tlacatecatl; Jesús de León Toral y coautores, afirman[20]: "Puesto ya en marcha el Ejército de la federación, de la manera ya examinada, al llegar a las proximidades del suelo enemigo precedi­do por sus elementos de descubierta y protegido hacia sus costados por fracciones de flanqueadores, se aprestaba al combate con métodos prees­tablecidos, pero que varían con las circunstancias de la situación táctica del momento"

Los aztecas hacían sacrificios antes de comenzar la batalla, como punzarse el cuerpo o hacer ayunos, arreglaban sus armas, se pintaban y se establecían formaciones escalonadas para poder realizar el ataque: el Ge­neral Daniel Gutiérrez Santos dice[21]:La misión de ordenar tropas para el combate estaba al cargo de los Tequihuas, los cuales llevaban bastones en las manos y unas cintas amarradas a la cabeza; posteriormente, las órdenes que daba el Tlacatecatl eran trans­mitidas durante la batalla por los Cuauhtli y los Ocelotl, que siempre pe­leaban y actuaban alrededor del general: así pues, el Estado Mayor del Ejército azteca, lo constituían los Caballeros Águilas y Tigres, que hacían las veces de edecanes y los Tequihua, que desempeñaban la misión de maestro de campo.


Concluido el combate, ya en derrota o en victoria, se hacía un correo a la Gran Tenochtitlan de posta en posta, para dar a conocer la noticia al soberano y a toda la comunidad.


En ninguna otra parte del Nuevo Continente se vio tan plenamente realizado el ideal guerrero como entre los aztecas.


Cuando llegaron los españoles, las luchas que se entablaron contra la potencia mexica no fue como podía creerse, la lucha entre un opresor sanguinario y pueblos ingenuos enamorados de la libertad.


Fue una guerra encarnizada entre pueblos igualmente militaristas y orgullosos, entre dos civilizaciones fundadas sobre la fuerza, nacionalistas, y es preciso empaparse de esta idea, bastante sencilla si se quiere ver con alguna claridad al mexicano.


A la hora de vísperas del día 13 de agosto de 1521, cayó Guatemuz con todos sus capitanes, y toda la ciudad y el valle se quedaron sumidos en el silencio.


Para los españoles aquel día estaba dedicado a San Hipólito, patrón de la futura capital del virreinato, y en el calendario azteca el signo cronológico se marcaba con el cráneo de miquiztli; la muerte.


La tarde prometió tormenta y entre nubes rojas como sangre se hundió para siempre detrás de las montañas el quinto sol de los mexicas.[22]









[1] Riva Palacio, Vicente, México através de ¡os siglos. Publicaciones Herrerías
[2] Clavijero, Francisco J..Historia antigua de México, México, Editara Nacional, 1970, p.284.
[3] Ibidem, p 8.
[4] Vaillant c. George. La Civilización Azteca México Fondo de Cultura Económica 1980 p. 183
[5] Gutiérrez Santos Daniel Historia militar de México, México Ediciones Ateneo 1961 tomo 1 p.23
[6] Idem
[7] Soustelle Jacques, la vida cotidiana de los aztecas en vísperas de la Conquista México Fondo de la Cultura Económica 1953, p 175.
[8] Idem p 176.
[9][9] Alba Carlos H. Estudio comprado entre el derecho Azteca y el derecho positivo mexicano, México Instituto Indigenista Interamericano 1949 p 18.
[10] Clavijero, Francisco J., cit nota 2 p. 37
[11] León Toral, Jesús de. E! Ejército mexicano. Secretaria de la Defensa Nacional, México,.197S.p.32
[12] Gutiérrez Santos, Daniel op. Cit nota 3 tomo 1 p 28.
[13] Ibidem p 12
[14] Códice Mendocino, comentado por Kurt Ross, Friburgo Productions Liber 1978-1984. P. III
[15] Gutiérrez Sedano José Luis Historia del servicio de sanidad en México, México Secretaria (de la Defensa Nacional, 1986,1.1, p. 25.
[16] Gutiérrez Santos, Daniel op. Cita nota 3 tomo 1 p 29.
[17] Soustelle Jacques op cit nota 7 p 37
[18] Ibidem p 209
[19]
[20] León Toral, Jesús de. E! Ejército mexicano. Secretaria de la Defensa Nacional, México,.197S.p.32
[21] Ibidem p 42
[22] Guadalupe Fernández de Velasco, “Importancia de doña Marina en la conquista de México”, en Cortés ante la juventud, México, Sociedad de Estudios Cortesianos, Jus, 1949, 364 p. (Publicaciones de la Sociedad de Estudios Cortesianos, 3), p. 145- 163.

jueves, 17 de abril de 2008

Epoca Colonial

II DE LA COLONIA AL MÉXICO INDEPENDIENTE

En 1519 desembarca Hernán Cortes en el islote de Ulúa y se apresta a conquistar las costas de Veracruz tomando las debidas precauciones, al fundar la Villa Rica, para defenderse de los posibles ataques de los nativos; es cuando se hace la primera fortificación en la que el propio conquistador cava la tierra y acomoda las piedras para formarla.[1]
Como nos lo cuenta Bernal Díaz del Castillo. También tenemos noticias por el propio conquistador de la fortificación que hizo construir en Cempoala (Cartas de Redacción)[2]
Los primeros misioneros que arribaron a la Nueva España tuvieron la necesidad de cercar un gran espacio el futuro atrio de la iglesia, con estacadas de madera de madera para iniciar su misión religiosa y protegerse de los ataques de los aborígenes; esta construcción provisional lo hacen de manera definitiva con cal y cemento, con almenado que se continua con la bóveda dándoles ese peculiar aspecto de f fortificación que en realidad les era necesario en los primeros años de la evangelización.[3]
Durante el Virreinato se estableció, como base de la organización militar lo edificado en la consolidación de la conquista y no medió un Ejército organizado, sino que la defensa del territorio de la Nueva España ya no es interna sino externa debido a que las potencias extranjeras amenazan la hegemonía de España en América por lo que se piensa en la necesidad de fortificar las costas de la Nueva España empezando por Ulúa que, con justa razón era conocido como la “Llave del Reino” y al interior se le l dio a los enco­menderos el uso de milicias improvisadas que formaron con aventureros.
No obstante ellos desencadenaron diversos disturbios, atentados y conspiraciones hacia los virreyes, así como políticas de expansión y de defensa; en primer término respecto a las conspiraciones, se cita la del segundo mar­qués del Valle de Oaxaca en el año de 1565-1566, que fue afrontada por el primer virrey don Antonio de Mendoza, y otras que continuaron con don Luis de Velasco y culminaron con el marques de Falces, don Gastón de Peralta, que terminó con el proceso que se instruyó a don Martín Cortes en España, por el Consejo de Indias, quien fue sentenciado al destierro de la Nueva España a la perdida de sus bienes y al pago de cincuenta mil ducados como multa.

A finales de este siglo el XVI, ya existía en Ulúa la llamada Torre Vieja y una cortina llamada “de las argollas”, que unía aquella con la Torre Nueva, pero solo tenia la función de proteger a las embarcaciones contra los vientos del norte que hacían estragos en ellas.

El asalto del pirata Hawkins en 1568, en el que huyó ante la pre­sencia de la flota que venía de España con el virrey D. Martín Enríquez de Almanza dio por resultado que este gobernante ordenara la fortificación de Ulúa empezando por la artillarla con los cañones qui­tados a Hawkins.[4]
En 1576 se proyectan las atarazanas en Ulúa para la descarga de mercancías, sin que la incipiente fortaleza cumpliera debidamente su cometido.

No es sino en 1500 que don Luis de Velasco el segundo, solicita del rey la intervención de un ingeniero militar que proyectara la debida fortificación de Ulúa y todas las necesarias en la costa de Nueva España.
Juan Bautista Antonelli de origen italiano, que estu­vo al servicio de Felipe II proyectando el fuerte de El Morro en Cu­ba y las defensas de Cartagena de Indias, fue el encargado del pro­yecto.

Las fortificaciones italianas principalmente de Turín inspiraron en mucho el sistema de fortificación que Antonelli proponía para Ulúa.
Consistían básicamente en sustituir las dos torres en baluar­tes debidamente acondicionados para recibir artillería pesada; la solución era rápida y económica, pero defectuosa pues no cumplía con la estrategia militar en caso de ataque sorpresivo tanto por mar como por la banda de tierra (ver plano).

El segundo proyecto del mismo ingeniero para realizarse a plazo mayor, era militarmente mejor estudiado pues consistía en hacer un cuadrángulo con tres nuevos baluartes, el cuarto aprovechando la torre nueva, unidos con cortinas en tres de sus lados; y permane­ciendo abierto el tercero para que sirviera de entrada de embarca­ciones a la dársena.
Ninguno de estos proyectos se realizó oportu­namente por diferencia de opiniones entre te jefes militares, el Ingeniero y todos los que intervinieron con sus distintos criterios. Después de diversos proyectos, debidos a diferentes Ingenieros, que no se realizaban, el castillo seguía en iguales o peores condiciones hasta que se nombra en 1681 al ingeniero Jaime Frank, de origen alemán, para que proyecte lo necesario al castillo, debiéndose a él la forma de recinto cerrado que conserva el fuerte.
En el año de Aún no se concluía la obra de Frank cuando es atacado sorpre­sivamente Veracruz por los piratas Lorencillo y Agramont en 1683, quienes desembarcaron en la Antigua por la noche y en la madru­gada asaltaron Veracruz sin que la fortaleza en proceso de constric­ción, mal artillada y casi sin guarnición, hubiera prestado el auxilio que era de esperarse.


Mientras en tierra adentro se sucedían otras conspiraciones: fueron los tumultos de 1624, entre el arzobispo de México Juan Pérez de las Heras y el virrey marques de los Geves y conde de Priego, don Diego Pimentel v Enríquez de Guzrnan y en 1692 por un problema de torrenciales lluvias, que acabo con las cosechas.


Igualmente, a los atentados que sufrieron los virreyes duque de Alburquerque, en 1660 y el marques de Valero, en 1718 así como los problemas y expansión en las campañas contra los chichimecas de 1554 a 1591, además de la conquista de Florida de 1558 a 1561; cabe mencionar las rebeliones de los indios de La Nueva Vizcaya, como las invasiones de los piratas a Veracruz y Campeche, ambas en el siglo XVII.
El temor a la invasión extranjera crece continuamente.


En 1741 al apoderarse Inglaterra de Porto Belo, la fortaleza sigue siendo mo­tivo de proyectos, discusiones y políticas internas sin que se hicieran en ella las obras necesarias de defensa; el virrey ordena se prosiga con urgencia la obra ya que la toma de La Habana en 1762 provoca gran alarma en Nueva España.


Se nombra encargado de las obras a don Agustín López Cámara Alta quien critica la forma irregular de los baluartes y la falta de un revellín hacia el lado del mar que proteja ampliamente el fuerte.
A él se debe la regularización de los baluartes y la construcción de la media luna o revellín de San José.


Durante el gobierno del virrey marqués de Croix se hace cargo de las obras don Manuel de Santlesteban el que hace algunas refor­mas al fuerte y al revellín de San José construyendo las plazas de armas de Santa Catarina y El Pilar, así como las baterías rasantes de San Miguel y Guadalupe ahora desaparecidas; pero siguen las discu­siones y se forma la junta de fortificación de Veracruz, haciendo reformas al proyecto sometido previamente al juicio del conde de Aranda, realizándose al fin las últimas obras en Ulúa ya finalizando el siglo XVIII.


Más adelante la, invasión francesa de 1685 a 1686; la, rebelión de los indios en, Nuevo México de 1680 a 1694 y la conquista de California que no fue hecha al finalmente por la vía de las armas sino por medio de la evangelización, el 18 de marzo de 1683 por los misioneros jesuitas entre los que iba el padre Eusebio Francisco Kino.


Militarmente, la Nueva España sólo contaba con guarniciones defen­sivas como lo eran San Juan de Ulúa que era una planta casi rectangular con cuatro baluar­tes también irregulares con su caballero alto sobre el baluarte de San Crispín y la torre de la farola que sustituyó a la torre vieja sobre e! baluarte de San Pedro; la más completa en su tipo pues tiene frente a ella la media luna, revellín rodeado de fosos, que permitía una mejor defensa del tambor y entrada de la fortaleza en un ataque por mar
Las costas del Atlántico eran defendidas por un sistema de fortifi­cación que, empezando por Ulúa en Veracruz, seguía en el presidio de Laguna de Términos, las ciudades fortificadas de Campeche y Mérida hasta Sisal y frente al Caribe, en la laguna de Bacalar el fuerte del mismo nombre, para continuar a Porto Belo en Panamá, Cartagena de Indias en Colombia y las fortificaciones de La Guaira, San Carlos y Zaparás en Venezuela.


Cubriendo así la costa america­na del Atlántico en cuya entrada al golfo de México permanecía vigilante la fortaleza del Morro en Cuba.
Hacia el norte, llegando al litoral de los Estados Unidos, se hicieron obras de fortificación en la Florida.


Las ciudades de Campeche, Veracruz y Mérida fueron cerradas con murallas en la forma de redientes y baluartes, para protegerlas de la piratería, dejando puertas que unían los caminos principales que conducían al interior y a los suburbios.


La más importante sin duda fue la ciudad de Campeche que por su gran riqueza maderera y la rica región agrícola que la rodea fue especialmente ambicionada por los piratas y corsarios quienes frecuentemente la saqueaban hasta que el virreinato optó por ponerla en estado de defensa.
Desde el siglo XVII se inicia la rápida fortificación de la ciudad por el go­bernador don Francisco de Bazán, construyéndose trincheras y fuertes en los lugares más estratégicos.


En 1680 Jaime Frank pro­yecta la muralla, los baluartes y las puertas de tierra y del mar, for­mando un recinto cerrado en forma de hexágono de lados desiguales en cuyos ángulos sitúa los baluartes; fuera del recinto también se construyeron fuertes en los sitios convenientes a la estrategia militar.


La lentitud con que progresaba la obra hizo que la ciudad fuera constantemente asaltada y saqueada sin que su defensa fuera efecti­va.
Después de Jaime Frank interviene el ingeniero Martín de la Torre, sin modificar en lo esencial el proyecto de Frank, optándose por seguir este ultimo bajo la dirección del tesorero don Pedro Velázquez.


En el siglo XVIII se terminan prácticamente las obras de fortificación de Campeche añadiéndose solamente al proyecto de Frank las puertas de San Francisco y San Román. A iniciativa del gobernador Antonio de Oliver se inician las defensas exteriores, fuera de la muralla, pues sin aquéllas, ésta resultaba Insuficiente para la defensa y, con este criterio, se construyen el reducto de San Joa­quín, la batería fija de San Matías y la de San Lucas al oriente; por el poniente el reducto y batería de San Miguel, las baterías de San Luis, San Roberto, San Carlos y San Femando.


Todas estas últimas tenían por objeto cruzar sus fuegos e interceptar debidamente al enemigo; pero tenían el inconveniente de sólo proteger el lado del mar pues casi todas ellas son costeras y no defendían eficazmente la banda de tierra por donde, con mayor facilidad, se podía asaltar la plaza.


La fortaleza proyectada en la isla del Carmen por el Ingeniero francés Courselle no se realizó y en el siglo XIX, con carácter de provisional, fue hecha en madera sirviendo de base para la que encierra en 1838 el comandante José del Rosario.


En Yucatán también se hicieron obras de fortificación en lo que fue el convento e iglesia de San Francisco en Marida, rodeándolo de muralla y baluartes en el siglo XVII y recibiendo el nombre de Ciudadela de San Benito.


Situada en el interior de la península, nunca corrió el peligro de un asalto de la piratería; pero si fue atacada va­rias veces por los nativos.
El templo franciscano dedicado a la Asun­ción fue fundado en 1546 sobre uno de los montículos de T'Ho (ciu­dad de los cinco cerros) monumental sede de los itzaes.


La fortaleza quedó terminada en poco más de un año, aproxi­madamente en 1644, con la siguiente protesta de los franciscanos que se veían encerrados conjuntamente con las construcciones ane­xas a la fortaleza como son los cuarteles de tropa, los almacenes de pólvora, etcétera, incompatibles con sus actividades.


A muchos ruegos y gestiones de los frailes se logró que a la mura­lla se abrieran tres puertas; una al poniente para la milicia, otra al sur para los frailes y otra al oriente para los servicios parroquiales.

Posteriormente por orden de don Frutos Delgado, gobernador de la provincia, se cerraron dos puertas quedando sólo la del poniente. La muralla formaba un hexágono con seis baluartes y era en su planeación semejante a la de Campeche, sólo que de mayor altura y resis­tencia.
La muralla fue demolida en 1869 por orden del Ejecutivo del Estado.


La capital del Estado de Yucatán tenía salida a la costa por el puerto de Santa María de Sisal en donde se construyó un fuerte a fines del siglo XVI que sólo consistía en una torre vigía. La necesidad de almacenar mercancías en ese lugar, lejano de la capital y en espe­ra de las flotas, originó que más tarde la torre se convirtiera en fuer­te, construyéndose un depósito de mercancías cercano a ella.


Consistía el fuerte en un desplante cuadrangular con dos senil ba­luartes que daban hada tierra adentro y una entrada, con rampa de acceso, entre los dos; por el lado del mar sólo tiene dos garitones en los ángulos correspondientes del cuadrángulo.


Otro intento para poder combatir a los corsarios o piratas es la creada en Veracruz en 1638 y que fue denominada: “La Armada de Barlovento denominada por Vicente Riva Palacio lo que se formo con el propósito de que la Flota naval española, pudiera defender los territorios y embarcaciones españolas de los ataques piratas.


A principios del siglo XVIII había logrado imponer cierto orden en el Golfo de México y el mar de las Antillas, extensiones en las que operaba y que estaban infestaban de corsarios”.


Así, en Cedula de 14 de .febrero de 1552, se dan las disposiciones para que los barcos de guerra se armen al mando de un maestre y Riva Palacio dice[5]:
Desde 1534 en cédula de 28 de septiembre de 1552 se ordeno que los maestres llevasen toda la artillería, pelotas, pólvora, lanzas, dardos escopetas y todas las armas y municiones que fueren menester, según el tamaño del navío sin que obstare esto el que los jueces oficiales al dar la licencia y según el informe de los visitadores, pudiesen disponer que se aumentara el armamento de un navío.


Dentro de la Nueva España, se emitieron algunas disposiciones pro­pias que se amoldaron a las circunstancias reales de la época, dando aplicabilidad a las que provenían de España como fue el Bando de 8 de septiembre de 1801, que se publico la real orden de 8 de diciembre de 1800 sobre el fuero militar, para quienes siendo de justicia y política, delinquen con motivo de hechos de su encargo, no perdieren el fuero de guerra, siendo juzgados por jueces del mismo, salvo situaciones que irrogaren infamia, antes de su ejecución se debían privar de los empleos militares.


Otra de las disposiciones verdaderamente importantes dentro de la Nueva España fue la Real Ordenanza Naval, para el Servicio de los Baxeles de su Majestad, dicha disposición es un antecedente del Código de Justicia Militar pues en el contiene disposiciones eminentemente disciplinarias a los delitos militares, así como los castigos que se les imponen a los mismos, no obstante que este cuerpo de leyes trata de la Marina como fuerza militar


En su contenido, comprende infantería y tropas de artillera que se encuentren embarcadas, estatuyendo situaciones de jerarquía y reglamentarias en el interior de los alojamientos militares que hace sus veces al hoy Reglamento para el Servicio Interior de los Cuerpos de tropa; sin embargo, la citada Ordenanza ha sido olvidada y no tomada como un punto de partida para los textos legales vigentes.


Pero en el Pacifico El virrey don Antonio María de Bucareli y Ursùa delega faculta­des en don Manuel de Santíesteban para que nombre proyectista y director de las obras del nuevo fuerte, resultando nombrado el inge­niero don Ramón Panón quien, inspirado en el proyecto de Cons­tansó, realiza uno nuevo en forma de pentágono regular con cinco caballeros o baluartes, perfectamente regulares, que dan al fuerte una de las plantas de fortaleza más perfectas logradas en América y que ha llegado completa hasta nuestros días.

Panón inicia las obras del nuevo fuerte en 1778 llamado primero de San Carlos en honor del rey de España, pero generalmente conocido por San Diego. Terminó la construcción en 1783 y tenia cabida para dos mil hombres con víveres, agua potable v municiones para un año
Nada importante ocurre en la flamante fortaleza al iniciarse el si­glo XIX, sino en plena guerra de independencia con los ataques que, por espacio de tres meses, realizó el insurgente don José María Mo­rolos al fuerte de San Diego hasta lograr su capitulación el 20 de agosto de 1813.


Siguiendo en el litoral del Pacífico se construyeron también algunos reductos y pequeños baluartes en el estero de San Blas en Nayarit, lugar propicio para la entrada y resguardo de embarcaciones así como para la construcción de las mismas.


De las antiguas construcciones de San Blas sólo quedan las ruinas de la llamada Contaduría y la iglesia, situadas en la parte más alta del cerro del mismo nombre, así como los vestigios de los pequeños reductos que ahí existieron dominando completamente la entrada a la rada y al puerto.


En esta forma se proyectó el sistema de fortificaciones para los litorales de Nueva España; pero en el interior del territorio también se construyeron fortalezas o presidios; entre ellos el más importante es, sin duda, el fuerte de San Carlos en Perote. Situado en un punto estratégico entre los dos caminos que unían Veracruz con México;
Uno pasando por Orizaba y el otro por Jalapa, era indispensable guardar y proteger los tesoros reales en su tránsito desde la capital hasta el puerto; por esta razón el fuerte de Perote es más bien un almacén fortificado.


El marqués de Croix ordenó su construcción al ingeniero don Manuel de Santiesteban, empezando los trabajos en abril de 1770 y terminando en 1777, siendo virrey de la Nueva España don Antonio María de Bucareli.[6]

La planta del fuerte es un cuadrado de 280 varas por lado o sean 232.40 metros aproximadamente; con cuatro baluartes foso seco que lo rodea, defensas exteriores en cola de golondrina y glacis. Domina una gran extensión de la llanura cercana a la población de Perote.


Los baluartes se llamaron de San Carlos, San Antonio, San Julián y San José.


Las coranas son abovedadas y, en el centro del cua­drángulo, se alzan cuatro edificios en dos pisos formando un gran patío con arcadas de bellas proporciones; tiene una gran capacidad en almacenes y habitaciones de tropa.


En 1786 fue reconocido el fuerte por e! ingeniero Narciso Godina quien apreció su defectuosa cimentación y el poco grueso de sus cortinas, impropio para resistir un ataque; por esa razón el virrey Revillagigedo lo consideró más bien como un gran cuartel, almacén y prisión.


Así se le siguió considerando en el siglo XIX hasta nuestros días en que, durante la segunda guerra mundial, se le utilizó como prisión.[7]
Desde el punto de vista arquitectónico las fortalezas de la Nueva España eran de varios tipos:
1. De planta rectangular, 4 baluartes, caballero, revellín, foso y defensas exteriores (ejemplo: San Juan de Ulúa).
2. De planta cuadrada con dos semibaluartes, caballero y sin foso (ejemplo: Sisal en Yucatán).
3. De planta cuadrada con cuatro baluartes, foso y revellín (ejemplos: San Carlos de Perote y Bacalar).
4. De planta pentagonal con cinco baluartes, foso y defensas ex­teriores (ejemplo: San Diego de Acapulco).
5. Las ciudades fortificadas, cuyo trazo era generalmente hexagonal, con baluartes y cuatro o más puertas-


Existieron otros tipos de fuertes que. sin reunir todos los elemen­tos de las fortalezas, eran sitios o lugares fortificados para alojar tro­pas de defensa o resguardo; a esta dase de fuertes se le llamaba pre­sidios y existen todavía ruinas de algunos de ellos. Consistían generalmente en un recinto cuadrado o rectangular, con cuatro garitones en sus ángulos y, en su interior, un gran salón separado de los muros exteriores por un pasillo sin techo: sólo tenía ventanas en el recinto interior y ninguna en el muro externo salvo la única puerta de entrada, resguardada por otro garitón.
Como ejemplo de estos presidios existe el llamado fuerte de Álvarez en el cerro de la Mira en Acapulco, dominando toda la bahía y el camino carretero.


Sitio estratégico desde el cual inició sus ataques a Acapulco el siervo de la Nación Morelos, durante la guerra de independencia.


Existen también vestigios del presidio de la isla de Mezcala en el lago de Chápala y el de Zacapu, en Michoacán.


Las fortificaciones no sólo de la Nueva España sino de toda His­panoamérica, son el testimonio más extraordinario que conservamos (aunque no siempre con el celo y cariño que debiéramos) de la natu­ral reacción contra los ataques del exterior.


Su interés no radica exclusivamente en su arquitectura sino en el costo y esfuerzo que significó su construcción, en los aciertos, las torpezas, la política y los criterios distintos de autoridades y directi­vos que además de entorpecer y retardar su terminación, elevaban los costos sin poder cumplir con su cometido.


De proteger y resguardar a las colonias de América, y es hasta la década de 1760 1770, cuando la Nueva España se vio amenazada, por un inminente estado de guerra entre Inglaterra y España, haciéndose cargo de la Colonia el teniente General Joaquín de Montserrat marqués de Cruillas, quien ordenó las disposiciones necesarias de defensa en el castillo de San Juan de Ulúa cerciorándose de la disciplina de las tropas Gutiérrez Santos al respecto dice:[8]

Hasta esas fechas la defensa del territorio colonial estuvo al, cargo de los encomenderos en las zonas en que radicaban, por lo que contaban con grados militares honoríficos que habían comprad a la corona, pero estos individuos ante la emergencia pusieron todos los medios que estaban a su alcance para rehuir el servicio y sobre todo, evitaron salir de sus lugares de origen.


Lo anterior se debía a su poca vocación hacia la actividad de las armas y la mayoría huía el tener que reclutarse y exponerse a salir de donde vivían, amen de que los grados que ostentaban eran comprados lo que motivaba una verdadera indisciplina fortaleciéndose las guarniciones con presos que eran mandados por oficiales la mayoría de ellos sin experien­cia militar.


También dentro de esta época en que el virrey marqués de Croix puso en vigor las reformas propuestas por el teniente general Juan de Villalba y Angulo y mas tarde a finales del siglo, con el objeto de prevenir invasiones de tropas extranjeras pertenecientes a los enemigos de España, empezó a organizar y hacer campañas en las regiones fronterizas de Texas, quedando cimentada la institución militar.


Así pasaron mas de dos siglos sin que hubiera en Nueva España mas tropas permanentes que la escolta de alabarderos del virrey, formadas en el año de 1695 y extinguidas por el general Villalba en 1765.
En el folio 12, ley XVII de la recopilación de Ley de Indias[9] en lo referente a estas compañías de alabarderos de la guardia del excelentísimo virrey dice: “Y los virreyes de Nueva España tengan para los mismos efectos un capitán y veinte soldados, a los cuales se les pague el sueldo en la cantidad y consignación que es costumbre y el capital se de por duplicado con que no sea de nuestra Real Hacienda.

Y mandamos que las plazas de alabarderos no sirvan por criados de los virreyes.

El uniforme de este cuerpo esta muy bien descrito en el libro de Juan Manuel San Vicente referente a la corte mexicana[10] : “Un poco más adelante se crearon las dos compañías de palacio, formadas con elementos escogidos pues uno de sus artículos manda lo siguiente: “Cuando hubiere de proveer alguna plaza de soldado, el capitán o del oficial que mandare la compañía no recibirá de menos edad, que la de diez y ocho años, ni que se pase de cuarenta, y tenga robustez para el manejo de las armas, debiendo siempre preferir a los que hubieren servido en España, no darán plaza al que fuera casado, ni con la facilidad darán licencia a los que actualmente haya en la compañía, por los inconvenientes que de ello se siguen al real servicio”[11]


Junto con la compañía de Alabarderos se creo la compañía de Caballería del Real Palacio y así como también el Cuerpo de Comercio de México y los de algunos gremios.


En las provincias se crearon cuerpos con poca disciplina a los que se agregaban las fuerzas que se solían levantar en determinadas ocasiones.
Con el advenimiento de la casa de Borbón, además de haber mandado algunos regimientos de España, Un antecedente del ejercito de la Colonia, lo fue Real Regimiento de América, habiendo llegado de España 15 oficiales distinguidos y 70 elementos de tropa, en el año de 1766 y en 1768, se fundaron los siguien­tes unidades militares virreinales: Compañías de Alabarderos de la Guar­dia del Virrey, Regimiento de la Corona de la Nueva España, dos compañías fijas de voluntarios de Cataluña, una compañía de Artillería de Veracruz, Regimiento de veterano de Dragones de España, Batallón de Cas­tilla o de Campeche, Guarnición de la Isla y del Presidio del Carmen, Guarnición del puerto de de Acapulco y Regimiento de Infantería Provincial de Toluca
Se fueron formando los cuerpos de veteranos y milicias de vecinos, estos últimos no sin resistencia del pueblo, terminando algunas veces en motines que se sosegaron rápidamente.


Al mismo tiempo se dio gran extensión al fuero y a la jurisdicción militar que ejercía el virrey como capitán general con el auditor de guerra que era un oidor, aumentándole después a la comandancia general de Provincias Internas tenia su jurisdicción independiente y para desempeñar las funciones judiciales el comandante general tenia un asesor letrado.


Fue entonces cuando hubo mayor conexión militar entre la Corte y las posesiones españolas en este continente.


El Virrey era considerado como el Capitán General e los Ejércitos de la, Nueva España y dentro de sus obligaciones estaban la de prevenir rebeliones, la defensa costera por el Golfo de México y por el Pacifico, las exploraciones a tierras no colonizadas y la de expansión del territorio, así como conocer de los actos jurisdiccionales de las causas militares en primera y segundas instancias José Ignacio Rubio Mañe mencionaba[12]:
Si se apelaba a la sentencia del capitán general podía hacerse directamente a la Junta de Guerra del Consejo General de Indias.


En primera instancia podían ver esas causas los capitanes de milicias, los castellanos de algunas de las fortalezas, los maestres de campo. Los almirantes de la Marina y todos los jueces de tribunales militares.
Por su parte, señala Rubio Mañe[13]


El Virreinato tuvo que sostenerse por si mismo en los problemas de defen­sa y no fue sino en el reinado de Carlos III cuando se preocupo España en reorganizar esa situación milita de Nueva España creando un Ejercito profesional conforme al modelo que ya se estaba adoptando en la metrópoli tomado de Francia y de Prusia.


Podía luego apelarse de las decisiones de estas casusas el capitán general tenia un asesor con titulo de auditor de guerra para lo cual podía designar a un oidor de la Audiencia.


Algunos de los virreyes traían de España a su propio asesor y otros llamaron a algún jurisconsulto con residencia en México que le sirviera en ese empleo.


El virrey, con la aprobación del monarca español crea mediante ayuda, del teniente general Juan de Villalba y Angulo como inspector y comandante de las Fuerzas Amadas de la Nueva España.


Un cuerpo mili­tar compuesto por cinco mariscales de- campo, 50 jefes y oficiales peninsulares y 2000 soldados mercenarios que se encuadra en las Unidades de la Colonia, se recluta gente de las poblaciones por medio de la leva, enganchado hombres por medio de la fuerza.


Atendamos, ahora lo que De León Toral dice:[14]
El virrey tenía la facultad de nombrar a los jefes, o sea los coroneles y tenientes coroneles que figuraban en los escalafones de la época; y el teniente general Villalba designaba a los oficiales de alférez a capitán.
Los regimientos y batallones se organizaban en las distintas provincias de los regimientos y batallones se organizaban en las distintas provincias de la Colonia, las que tenían a su cargo la provisión de uniformes y equipo para las tropas; el armamento y las municiones los proporcionaba el gobierno virreinal por cuenta la Real Hacienda la organización e instrucción de las Fuerzas Armadas quedó en todo ajustada a la Ordenanza Militar de España.


Toca ahora mencionar cuál fue la Ordenanza española que se aplicó en la Nueva España al respecto, el maestro' Octavio Vejar Vázquez, en las consideraciones que hace don Tomás López Linares sobre el Có­digo de Justicia Militar afirman:[15]
Se creo en España el "'Fuero Español y Privilegiado", para juzgar a los individuos del Ejercito.


Desde la expedición de las primeras leyes, militares El rey Carlos I en su Ordenanza de 13 de junio de 1551, fue quien de una manera solemne proclamo su establecimiento después Felipe II, en cédula de 9 de mayo de 1557 y Alejandro Farnesio, capitán general de los estados de Flandes en Ordenanza de 13 del mismo mes y año hicieron lo mismo.


También lo reconocieron Felipe III en cedula de 11 de diciembre de 1598; Felipe IV por las leyes o cedulas de 21 de mayo de 1621, noviembre 5 de 1632 y 28 del mismo mes. Este rey creo el Supremo Consejo de Guerra por decreto de 25 de septiembre de 1632sin embargo de que algunos autores lo hacen venir erróneamente del rey Pelayo, que murió el año 737 de la era cristiana.


También existe el fuero de guerra conforme a las cedulas de Carlos II de 29 de abril de 1697 y 28 de mayo de 1700 a las ordenanzas de Felipe V de 18 de diciembre de 1701, cedula de 30 de diciembre de 1706 y Ordenanza General de 12 de julio de 1728 que rigió hasta 1762; Fernando VI lo reconoce en sus Ordenanzas de la Real Armada de 1748 y 175, ampliándolo en las promulgadas para los regimientos Espéciales de Guardias de Infantería y por ultimo en las Reales Ordenanzas dadas en San Lorenzo el 22 de octubre de 1766, que fueron las vigentes en México, alterados en parte por Carlos III y modificadas por otras muchas leyes.
En 1852 fueron reformadas por el general don José Lino Alcorta y así continuaron rigiendo hasta 1882, en que se expidió nuestro primer Código de Justicia Militar siendo presidente de la república el general de división don Manuel González


No obstante que los antecedentes anteriormente citados se refieren en mucho al fuero de guerra, es innegable que las Ordenanzas mencionadas se aplicaron en materia militar para la organización del Ejercito, siendo vigentes en la Nueva España, pero la única fuerza armada regular que hubo antes de Carlos III, cuando instalo los regimientos veteranos, fue la Guardia de Alabarderos del Virrey y dice José Ignacio Rubio Mañe[16]:
La Capitanía General de Nueva España dividió su jurisdicción en tenientes de capitán general y capitanes a guerra además de dos castellanos el de San Juan de Ulúa y el de San Diego de Acapulco Hubo tenientes de capitán general en las ciudades de Querétaro San Luis Potosí Antequera de Oaxaca y Valladolid de Michoacán asimismo los pueblos de Tlalpa y Tantoyuca vinculados esos empleos con los corregidores y alcaldes mayores que allí tenían la jurisdicción civil, judicial y económica.
Capitanes a guerra, los hubo en la ciudad de Puebla de los Ángeles y en las villas de Santa fe de Guanajuato y León, también vinculados en los alcaldes mayores.



Las Californias estaban guarnecidas con cinco compañías permanentes de caballería volante y las Provincias Internas dependientes del virreinato con una en Nuevo León y tres en Nuevo Santander, además de las milicias de los vecinos que había en cada población además de las milicias de los vecinos que había en cada población para defenderlas de las irrupciones de los bárbaros.


Estos ejércitos de la época colonial no estaban formados por indios, pues éstos estaban exentos del servicio militar. En consecuencia, el fondo guerrero de las tropas lo formaban los negros, los mulatos y los mestizos, y el cuerpo de sargentos y oficiales se componía de criollos, correspondiendo el mando del ejército a los españoles europeos, en quienes se vinculaban los principales grados.


Los mestizos, como descendientes de los españoles, debían tener los mismos derechos que ellos, pero se confundían en la clase general de castas. De éstas las derivadas de sangre africana eran reputadas infames de derecho y todavía más, por la preocupación general que contra ellos prevalecía, sus individuos no podían obtener empleos, aun cuando las leyes no lo impedían; pero estas castas infamadas por la costumbre, condenadas por las preocupaciones, eran sin embargo la parte más útil de la población, por cuanto que los hombres pertenecientes a ellas, endurecidos en el trabajo de las minas, ejercitados en el manejo del caballo, eran los que proveían al ejército, no solamente en los cuerpos que se componían exclusivamente de ellos, como los pardos y morenos de la costa, sino también a los de línea y milicia disciplinadas del interior, aunque éstos, según las leyes, deberían componerse de españoles.


En cuanto a cantidades aproximadas de elementos militares existentes se tiene comentado por Alejandro de Humboldt quien cita[17]: "Defensa Militar absorbe la cuarta parte de la renta total. El ejercito mexicano tiene 30.000 hombres de los cuales apenas hay un tercio de tropas de línea y los dos tercios restantes son de milicias".


De aquí se desprende que no toda la comunidad militar era combatiente y que resultaba costoso el mantenimiento de tropas y milicias que no cumplían con su cometido.


Según Lorenzo de Zavala, estaba integrado de la siguiente forma[18]:
Tropa veterana 7 083
Presidenciales y volantes del virreinato 595
Presidenciales y volantes de las provincias internas 3 099
Milicias provinciales 18 884
Total 29 661

Según Alamán, el ejército permanente consistía en una compañía de alabarderos de guardia de honor del virrey; cuatro regimientos y un batallón de infantería veterana o permanente que se componía con cinco mil hombres; dos regimientos de dragones con quinientas plazas cada uno, un cuerpo de artillería con 720 hombres distribuidos en diversos puntos; un corto número de ingenieros, y dos compañías de infantería ligera y tres fijas que guarnecían los puertos de la isla del Carmen, San Blas y Acapulco.

De los cuatro regimientos de infantería uno estaba en La Habana, con lo que la fuerza total permanente dependiente del virreinato no excedía de seis mil hombres.

Los cuerpos de infantería de línea eran los regimientos de la Corona: el de Nueva España, llamado generalmente de los verdes, por usar vuelta verde sobre casaca blanca; el de México, llamado de los colorados por el mismo motivo; el de Puebla, llamado de los morados, y el batallón fijo de Veracruz. A los regimientos de dragones se les denominaba de España y México.

La totalidad de los cuerpos de milicias provinciales, infantería y caballería, con las siete compañías de artillería miliciana de Veracruz y otros puntos de la costa, suponiéndolos completos y en pie de guerra, lo que casi nunca se verificaba, ascendía a veinticuatro mil cuatrocientos once hombres; pero deduciendo de este número las divisiones de ambas costas que no salían de sus demarcaciones, quedaban de fuerza efectiva y útil veintidós mil doscientos once hombres, que unidos a seis mil de tropas permanentes hacen un total de veintiocho mil, que era la fuerza de que disponía el virreinato.[19]

En esta enumeración no están comprendidas las tropas de las Provincias Internas ni las de Yucatán, porque ni unas ni otras dependían del virreinato.

Las primeras consistían en las compañías presídiales y volantes distribuidas en las provincias de Durango o Nueva Vizcaya, de la que entonces dependía Chihuahua, Nuevo México, Sonora y Sinaloa, Coahuila y Texas, las cuales con las compañías de indios ópatas y pimas de Sonora estaban destinadas a proteger aquella dilatada frontera contra las irrupciones de los apaches.

En Yucatán había un batallón veterano y algunos cuerpos provinciales con la competente artillería.

Según Abad y Queipo -quien escribía en 1809-, la cifra de veintisiete mil hombres que daba como efectivo la lista de los regimientos de Nueva España no era correcta, pues en todos los cuerpos existía una falta considerable, especialmente en las provincias que, no estando sobre las armas se dispersaban de tal modo que, cuando era necesario volverlos a reunir, no se encontraba la mitad y había que reemplazarlos con gente nueva.

La mayor parte se ocupaba en la guarnición de los puertos y fronteras y servicio de la capital, de cuyas escasas dotaciones no se podía quitar un hombre.

Y Abad y Queipo pregunta:
¿Que nos resta de la tropa existente para hacer cara a un ejército de veinte o treinta mil hombres aguerridos y bien equipados que nos pueden acometer por tantos puntos diferentes?.

Cuando mucho diez o doce mil hombres sin táctica ni disciplina, y tomados por punto general de los heces del pueblo, gobernados en su mayor parte por una oficialidad que no debe ni puede tener la instrucción necesaria, mal armados y equipados, sin trenes de artillería y campaña, sin balas de cañón ni metralla y otras municiones indispensables.

Después de este triste cuadro Abad y Queipo excitaba al virrey Garibay para que aumentara y reorganizara el ejército, cuya pintura no podía ser más lamentable, y es que por una disposición tan política como económica, la fuerza principal destinada a la defensa del país consistía en los cuerpos que se llamaban de milicias provinciales, los cuales no se ponían sobre las armas sino cuando el caso lo pedía.

Componían se éstas de gentes de campo o artesana reuniéndose en periodos determinados para recibir la instrucción necesaria. Estos cuerpos estaban distribuidos por distritos y era un honor muy grande que se compraba a alto precio.

Finalmente a manera de conclusión en la Nueva España si se establecieron sistemas militares defensivos tales como fuertes y alojamientos las fortalezas costeras mas importantes fueron el Fuerte de San Diego de Acapulco y el Castillo de San Juan de Ulúa y cabe mencionar una construcción defensiva en la Nueva Empaña, como fue el Palacio Antiguo de los Virreyes de México; el Fuer­te de San Carlos, de Perote, Veracruz: el Reducto de San Miguel en Campeche y los Fuertes de Loreto Y Guadalupe, en Puebla.

Así José Enrique Ortiz Lanz afirma:[20] "La gran mayoría de las fortificaciones construidas en México durante el periodo colonial y con carácter permanente, fueron para la defensa del territorio de los ataques extranjeros, mismos que en los primeros siglos de la Nueva España tomaron el viso de la piratería, en sus variadas formas: Corsarios bucaneros y filibusteros se sucedieron sin tregua, para apropiarse de las riquezas que España extraía de sus colonias”.

[1] Bernal Díaz del Castillo Historia verdadera dela conquista de la Nueva España, Madrid 1942 tomo III p 135.
[2] Op cita Tomo I p 151
[3] Carta de Relación de Don Fernando Cortez p 40 editorial del siglo XVIII

[4]
[5] Riva Palacio Vicente op cita nota 1 p 194
[6] Archivo General de Indias Mex 2460
[7] Archivo General de Indias Mex.2472
[8] Gutiérrez Santos, op cit nota 5 p. 386.
[9] Antonio Balbàs, Recopilación de leyes de Indias, Madrid tomo II, libro tercero 1756.
[10] D. Juan Manuel San Vicente Exacta descripción de la magnifica corte mexicana Cádiz Imprenta de Francisco Rioja 1768.
[11] Archivo General de la Nacion Bandos y Ordenanzas tomo III, 41 mayo 19 de 1744.
[12] Ibidem p 110.

[13] Rubio Mañe José Ignacio El Virreinato México Fondo de la Cultura Económica 1983 t I p 113
[14] León Toral Jesús de op cita nota 11 p 79
[15] Vejar Vázquez Octavio y López Linares, Tomas Consideraciones al Código de Justicia Militar, México, Editorial Información Aduanera de México 1955 p 7.
[16] Rubio Maño, José Ignacio. El virreinato op cita nota 24 p 113
[17] Humboldt Alejandro Ensayo Político sobre el Reino de la Nueva España México Porrúa 1984 p 366
[18] Lorenzo de Zavala, Ensayo histórico de las revoluciones de México, desde 1808 hasta 1830, México, Manuel N. de la Vega, 1845.
[19] Lucas Alamán, Historia de Méjico, México, Jus, 1942, t. I, p. 83.
[20] Ortiz Lanz José Enrique Arquitectura militar de México , México Secretaria de la Defensa Nacional 1993 p 42.